Reina por un día
Reina por un día
Allá por el año 1964 fue cuando TVE emitió el primer reality show de su corta historia, cuando en España sólo teníamos un canal de televisión.
Reina por un Día fue una copia del show americano emitido por la cadena NBC titulado "Queen for a Day" con éxito en América y después, en España.
TVE escogía, entre numerosas solicitudes de las concursantas, siempre a mujeres amas de casa, cuarentonas o cincuentonas, soñadoras y con deseos de sentirse diferentes por unas docenas de horas.
Hay que situarnos en el aquella época de los años 60, en plena dictadura y saliendo de una miseria de posguerra que duró en nuestro país más de lo normal.
En el medio rural se vivía aún en un subdesarrollo notable y en las grandes ciudades, en los barrios del extrarradio, se acumulaba una población de desplazados de pueblos y aldeas huyendo del hambre. La mujer española, por lo general, no trabajaba, dependía de su esposo, al menos en provincias. La vida era gris, sometida a los caprichos del hogar, del marido y de una prole de hijos más o menos civilizados. Así que una mujer con este tipo de perfil solía ser el prototipo para ser seleccionada para participar en este tipo de programa de televisión. Sería para ellas, para estas afortunadas, como una asomada al paraíso de un bienestar económico, un suspiro de la buena vida que ya empezaba a vislumbrar hombres y mujeres de aquella nefasta década.
Adela, llamémosla así, fue recibida en la estación de tren por una dama del programa. Hoy sería una coach temporal. El esposo que la acompañaba sólo podría asistir al estudio de televisión para ver lo bien que lo había pasado su esposa durante un día en Barcelona.
La gente del programa sabía escoger bien a la agraciada. Por lo general era una mujer no demasiada pueblerina, mejor si vivía en una ciudad media de provincia, y con ganas de ver y disfrutar. Antes suponemos que habría varias conversaciones telefónicas con estas mujeres para buscar el prefil adecuado de las concursantas. Una mujer damasiada cateta e ignorante frenaría la alegría del show, las mejores eran las entusiastas y las moderamente libertarias.
Adela era de un pueblo de Murcia, 43 años de edad, de presencia agradable y muy simpática. Adela iba vestida de domingo cuando fue recogida por Isabel, su coach. Ésta la llevó a un salón de belleza dónde la maquillaron ligeramente y le cambiaron el peinado. Después la llevó a una boutique para vestirla con ropa adecuada de calle y otra más vistosa para la noche del show. Como había tienpo de sobra Isabel llevó a Adela al Museo Picasso y a tomar un aperitivo en una cafetería elegante. Adela, con disimulo, se pellizcaba para notar que aquello que le pasaba no era un sueño. El coche, conducido por un chófer, abría y cerraba la portezuela del Mercedes cada vez que ella se apeaba o subía al vehículo, como en las películas. Comieron en un lujoso restaurante. Adela se dejó aconsejar por Isabel. Aquello era demasiado. Ella, Adela, copiaba el uso de los cubiertos y escogía bien, por imitación de su coach, la cristaleria. No lo hizo mal del todo. Algo chiripi por el cava Adela se dejó llevar al parque Guell para ver aquellas columnas torcidas tan bonitas. Merendaron en un lugar pequeño de ambiente muy inglés para después asistir a un desfile de modelos. Aquello era demasiado, se sintió flotar con tanto lujo y tanta amabilidad.
Llegó al hotel donde le esperaba el marido para cambiarse y esperar el coche, con chófer, que recogería a ambos para llevarlos al estudio Miramar donde sería el show.
Todo pasa, todo sucede. Adela se veía ahora sentada junto a su esposo Jacinto en el tren con rumbo a Murcia. Todo había pasado. Adela veía correr los campos por la ventanilla mientras olía a tabaco negro del cigarrillo del esposo. Ella instintivamente se llevó el dorso de su mano a la nariz y olió el perfume que aún le impregnaba la piel. Aquel perfume que le pusiron en la sala del maquillaje del estudio. ¿La vida podría ser asi?
Llegaron al pueblo tras hacer un trasbordo en autobús. Las vecinas la esperaban y le dijeron lo guapa y cambiada que apareció en la tele.
Adela entró en casa. Olía morcilla que se secaba en la galería. Un olor familiar pero... pero ¿qué? El contrate para Adela fue brutal; toda la familia sentada en la mesa: el esposo con su eterna sonrisa de lelo, los tres hijos vociferando y peleándose entre ellos, la suegra con cara de vinagre y siempre refunfuñando y la comida servida en platos de duralex. Todo le parecía tan distante y.. real.
Comentarios
Publicar un comentario