El Emperador triste
El Emperador triste (Ficción) La alarma del reloj sonó a las 7 de la mañana. La hora habitual de levantarse el Emperador don Jacinto D'Oz. Abajo, en el gimnasio de la residencia le esperaba su coach de fitness. Tenía que estar en forma para dirigir un vasto imperio y para colmo aconsejar a sus aliados. Terminados sus ejercicios mañaneros y tras la ducha se vistió y se perfumó ligeramente ya que a su edad, casi 79 años, debía anular los efluvios naturales de la vejez, que por mucho poder que se tenga son los mismos que del tendero de la esquina. El Emperador subió a su despacho y allí sentado dió gracias a Dios por la carga exquisita y prepotente que él llevaba a sus espaldas para notar el placer de sentirse un semidios terrenal dictando órdenes a diestros y siniestros y complaciéndose cuando era temido y respetado. Nadie sabía que él fumaba a hurtadilla, excepto su secretaria personal, que por cierto era vieja y fea, escogida por su bella esposa, alg...