El Emperador triste
El Emperador triste (Ficción)
La alarma del reloj sonó a las 7 de la mañana. La hora habitual de levantarse el Emperador don Jacinto D'Oz.
Abajo, en el gimnasio de la residencia le esperaba su coach de fitness. Tenía que estar en forma para dirigir un vasto imperio y para colmo aconsejar a sus aliados.
Terminados sus ejercicios mañaneros y tras la ducha se vistió y se perfumó ligeramente ya que a su edad, casi 79 años, debía anular los efluvios naturales de la vejez, que por mucho poder que se tenga son los mismos que del tendero de la esquina.
El Emperador subió a su despacho y allí sentado dió gracias a Dios por la carga exquisita y prepotente que él llevaba a sus espaldas para notar el placer de sentirse un semidios terrenal dictando órdenes a diestros y siniestros y complaciéndose cuando era temido y respetado.
Nadie sabía que él fumaba a hurtadilla, excepto su secretaria personal, que por cierto era vieja y fea, escogida por su bella esposa, algo celosa, entre una terna de otras mujeres más normalitas.
-Don Jacinto, señor, debe usted pronunciarse sobre esa guerra en Bractiana.
- Como no tengo bastante con gobernar mi imperio, ahora vienen esos impresentables de contendientes que tras dos años de guerra por unas hectáreas de tierra yerma se matan como posesos y cansados de tantas tropelías ahora quieren que yo intermedie entre esos subdesarrollados.
- Señor Emperador, aquí traigo los dos decretos que usted me dictó ayer, para la firma.
-Ya recuerdo. Esa gentuza que siempre está protestando y que nunca ayuda con su trabajo a la prosperidad de nuestro imperio Y este otro decreto para evitar que los hombres ... ¡qué asco!
Tras un breve brunch junto a su esposa en el jardín soleado de su residencia Jacinto se quejaba con acritud mientras miraba al cerezo en flor.
-El pueblo, la masa, cree que yo soy diferente a ellos. Sí que lo soy, pero solo para ordenar y hacer que ellos sean felices con mis leyes y ocurrencias. Yo soy yo, el hombre más poderoso del mundo pero también soy muy normal como cuando siento esas molestias, cada mañana, por culpa de mi obstipación. Tampoco sabe el pueblo que necesito varios comprimidos de Zaleplon para poder dormir y que a veces grito en sueños y todo ¿para qué? para intentar gobernar un país de locos, para ofrecerles seguridad y calidad de vida. No me lo agradecen. Menos mal que te tengo a mi lado y cuando me miras con esos bellos ojos me insufla coraje y decisión.
-No te atormentes Jacinto - dijo la esposa cogiéndole suavemente la mano que reposaba sobre la mesa- que Dios está contigo.
Otro día más amaneció en la vida del emperador. La misma rutina. El mismo fastidio, al menos hoy jugaba una partida de petanca con el jardinero, un ser inane y simple que le servia para relajarse.
Adela, la esposa del poderoso Emperador le encantaba oir decir al líder: "Solus super me Deus est"
Jacinto D'Oz había nacido para mandar, para dirigir, para hacerse respetar y ser obedecido sin rechistar. Tenía que representar a un hombre rebosante de entusiasmo, de entereza, de vigor aunque su corazón se marchitaba con el paso de los años. La edad corroe el alma y el cuerpo, le dijo alguien. Él sabía que así era pero en el fondo lo que en realidad era: un Emperador triste y no comprendido.
"Vanitas vanitatum et omnia vanitas"
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