Un cuento para el Verano: Los recoveros
Los recoveros. Un cuento para el Verano
Hace unos años me contó un conocido una historia que me permito transcribir, aunque algo modificada.
"Tras la guerra civil española, en la nefasta y miserable década de los años 40, un matrimonio de recoveros recorría parte de la Sierra de la Estancia, en la provincia de Almería haciendo trueque, la recova. Ellos recogían huevos, pieles de ovejas y conejos y otros artículos propios de aquellos serratos a cambio de un corte de tela para hacer un vestido, unas alpargatas o una sartén. Conocían muy bien todos esos caminos y a casi todos los habitantes de los cortijos y caserías serranos.
Este matrimonio durante la guerra "se señalaron" y tras la contienda fueron considerados, por los triunfadores, como desafectos al Régimen.
La guardia civil les propuso a él y ella, que a cambio de permitirle vivir en paz y andar libremente por la Estancia tendrían que darles información acerca de posible topos que aún se escondían en cortijos y en cuevas tras la huida del maquis a Francia en 1942.
La que era lista y audaz era ella, una mujer de armas tomar que haciéndose la tontica sonsacaba información a las desgraciadas cortijeras. ¿Y ese cortijo de ahí enfrente, dónde está el hombre? -preguntaba sin apenas dar importancia mientras mostraba un corte de vestido a la mujeruca. Dicen -contestaba ella- que huyó a Francia pero creo que no, que más de una vez mi marido y yo, en plena noche de verano y cuando la brisa apenas se mueve, podíamos oler a tabaco fumado. Ni la esposa, ni la abuela fuma, que yo sepa. Ahí pasa algo raro- chismorreaba la compradora.
Una vez la guardia civil atrapó al Lolo, un anarquista que se escondía de día en un zulo, antes usado para guardar el contrabando. Algunas noches de verano salía a la puerta, en total oscuridad, para fumar un cigarro y ver las estrellas.
El matrimonio de estos recoveros posibilitó la captura de varios topos hasta que se quemaron e incluso recibieron amenazas solapadas de que iban a por ellos, por chivatos.
En un pueblo de la costa de Granada llegaron un matrimonio, sin hijos, y montaron una tienda de artículos generales. Todos los paisanos preguntaban que de donde habían salidos. Corría el año 1950. Unos decían que provenían de la provincia de Murcia, otros que la de Jaén. Pero solo sabía la verdad el alcalde, un camisa azul, que fue avisado por el comandante del cuartelillo que no dijera nada y que le diera todas las facilidades a esta pareja de buenos camaradas para instalarse en el pueblo.
Y así fue como doña Justa, que era el nombre de la ex-confidente policial se labró un nombre en el pueblo; fue nombrada presidenta de la Hermandad de la Capillita. El marido murió pronto, se supone por el remordimiento de haber enviado al paredón a media docena de pobres diablos. Ella era una auténtica japuta, carecía de remordimiento alguno. Lo que no me contó mi informante es si esta pareja de jumentos humanos tuvieron hijos y como "salieron" genéticamente.
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