Adela o el culmen de las desgracias
Adela o el culmen de las desgracias
Desde siempre me pregunté por qué hay gente afortunada y otra terriblemente desgraciada, como el caso de Adela.
Adela fue maldecida por el yin, el lado malo del yang, desde que nació de madre pobre y soltera como fruto del pecado del hijo del señorito que retozó con ella junto al manantial del cortijo cuando tenía apenas 14 años de edad. La madre de Adela, que nunca dijo a nadie quien le había hecho la barriga, fue expulsado del cortijo por casquivana y por estar preñada. Pasó hambre y miseria en aquella época de la posguerra, década de los años 40, pasando a formar parte de la cofradía de desgraciadas que tanto abundaban en la Baja Andalucía.
A los 14 años de edad Adela trabajaba en la bodega Cantillo pegando, con engrudo, etiquetas en las botellas de vino.
Adela era feúcha, renegrida, escuchimizada por el hambre pasada y presente, y además, analfabeta. Y a pesar de todo tuvo que dejarse seducir por el encargado de la embotelladora quedando embarazada casi siendo una niña. En 1944 no había ningún organismo que ayudara a estas desgraciadas, a esas chicas que tenían que dejarse seducir por patronos y encargados con tal de mantener sus miserables puestos de trabajos.
Adela para mal de males dio a luz un niño con claros síntomas mongólicos, como llamaban antes al síndrome de Down. Para más inri la madre de Adela murió de la enfermedad de los pobres: TB. Adela tenía que trabajar y dejar el niño al cuidado de una "madre de pago". Una mujeruca que en su humilde casa cobijaba a niños, previo pago, de mujeres pobres, viudas o madres solteras, que tenían que buscarse la vida con espurios trabajos.
Adela suplicó a las monjas de un orfelinato para acogieran a su hijo, siempre recibía un no. No estaba o había estado casada por la iglesia y además su hijo padecía "eso".
Pobre Adela, de Jerez marchó a Sevilla con el niño a cuesta y allí una señorona, medianamente cristiana, se apiadó de ella y consiguió emplearla en una fábrica de deshuesados de aceitunas en Dos Hermanas e ingresar al niño en un centro de beneficencia.
En el descanso del bocadillo, en la fábrica, pudo leer en un trozo de periódico de una compañera: "Las acaudaladas, bellas y jóvenes hermanas Patoski confiesan que el dinero no es todo; que son unas desgraciadas y que incluso suelen padecer episodios de depresión como la gente necesitada"
Adela comentó la noticia con Marta, que era la encargada, ésta le dijo, quizá para consolarla, que esas ricachonas no sabían vivir, que nosotras, en nuestra miseria somos en el fondo más felices que ellas.
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