Excursión a pie por La Alpujarra
Excursión a pie por La Alpujarra
A finales de junio y principios de julio del año 1976 decidimos un amigo y yo hacer una travesía a pie desde Orgiva hasta La Calahorra.
Repartimos, antes de la caminata, el peso entre mi compañero y yo. Llevábamos la tienda de campaña, los sacos de dormir y numerosas latas de conservas. Amén de mi pesada cámara fotográfica Reflex Edixa y las cantimploras de agua. Una carga incómoda aunque necesaria.
Comenzamos subiendo la cuesta hacia Cáñar y Caratáunas. Como nos pilló la noche decidimos acampar en un llanete cerca de un pueblo. Mientras nos fumábamos un pitillo antes de dormir, se acercó un individuo, con cara de subnormal, que dijo ser pastor y que le gustaría dormir con nosotros en esa casica de tela, nuestra tienda canadiense. El tipejo era uno de esos individuos dedicados a pastorear ovejas desde niño debido a un cretinismo congénito. Nos costó trabajo disuadirle de su capricho.
A mediodía, de camino y subiendo hacia la ermita de El Padre Eterno, una furgoneta paró a nuestro lado para ofrecerse para subir el costalón en su vehículo. El conductor quedó estupefacto cuando le contestamos que gracias, que preferíamos caminar bajo el sol implacable del mes de julio.
Cuando pateábamos por un recodo del camino contemplamos, de pronto, un cambio radical en el paisaje. Todo lo que abarcaba nuestra vista era verde con bancales primorosamente cultivados. El agua transcurría por los canales de regadío. El paisaje en conjunto era deslumbrador, estábamos en el Barranco de Poqueira.
Desde Pampaneira salimos hacia Bubión por un caminillo, que de vez en cuando se convertía en un regato de agua. Allí buscamos un bar desesperadamente para tomar unas cervezas frías, hacía calor y la soledad circundante era absoluta. No vimos a nadie. Ni en el camino ni en la plaza del pueblo frente a la iglesia. Mi amigo gritó albricias cuando vio una placa de metal rojo adosada a una fachada que anunciaba un refresco de cola. ¡Un bar! - exclamó gozoso. Entramos en un zaguán donde había una mesa con cuatro sillas de enea a su alrededor y un rústico mostrador de pino. Llamamos a voces y nadie acudió. Al rato apareció una mujeruca secándose las manos en el delantal. Le pedimos dos cervezas. ¡Qué lástima! -contestó la mesera- hoy es miércoles y tenemos el frigorífico apagado ya que solo llegan algunos turistas de Almería y de Granada en los domingos.
Cuando llegamos a Capileira ya era tarde. Nos moríamos de hambre, sacamos el infiernillo de butano, calentamos la fabada y salteamos un gran trozo de chorizo que con el vino-costa entró en nuestro estómago como en la gloria.
Anocheciendo reemprendimos el viaje, cuesta abajo, buscando un lugar llano para acampar. Misión imposible. Todo era cuesta, balates y tajos.
Antes de llegar a Pitres, me acordé que en el llamado Barranco de la Sangre, transcurrió aquella terrible matanza de moriscos sublevados en 1570. Acampamos junto a la ermita de la Fuente Agria. Una fuente milagrosa, según los lugareños, que curaba la falta de hierro en el organismo. Por la mañana bebimos de sus aguas y comenzamos a eructar como poseídos. Eran los efectos del agua ferruginosa y carbonatada, o como se llame.
En aquel entonces no había GPS ni ollas en vinagre. Yo me orientaba con los magníficos planos del ejército escala 1:50.000 para tomar las trochas que sustituía al trazado de la carretera.
Cerca de uno de los pueblos donde acampamos una noche, creo que era Mecina Alfahar, me tocó al amanecer, en suerte (cara o cruz de la moneda) bajar al pueblo y comprar unas chuletas para el desayuno. Pregunté por la carnicería y me indicaron una puerta cerrada, sin ningún rótulo. Es que el carnicero no ha llegado aún- contestó una mujer a mi pregunta. Diez minutos después apareció un gitano que arrastraba un marranico. Tuve que esperar a que sacrificara al animal en la calle, lo despiezara y vendiera a las seis o sietes mujeres y a mí unos trozos de carne aun humeantes. ¿Triquinosis?
Antes de subir al Puerto de la Ragua llegamos, casi de noche, a un pueblo. Estábamos destrozados, cansados, sudorosos y con hambre. Vimos un pilar de agua lleno hasta rebosar. Nos desnudamos y en pelotas nos refrescamos. No había nadie en las calles. De pronto sentimos una voz desde un terrado que nos decía: bañaros pero no usar jabón que ahí beben las bestias. Resulta que teníamos casi una treintena de personas contemplando nuestra desnudez y nuestro baño desde las terraos, esas especies de azoteas sin barandas que forman los tejados de launa de las casas de los pueblos alpujarreños.
Subir al Puerto de la Ragua por aquel camino de tierra lleno de guijarros puntiagudos fue una tortura. Acampamos cerca de la fuente techada que existía en el puerto y que sirvía de refugio contra los temporales. Montamos la tienda al lado de un bosquecillo de raquíticos pinos casi recién plantados y nos sentíamos como en el paraíso. Ahora me dicen que allí hay un complejo turístico y que el camino es una magnifica carretera asfaltada y que los pinillos han formado un bosque formidable.
Llegamos al pueblo de La Calahorra, con su castillo en un cerro. Por la tarde tomamos un autobús de línea que nos trasladó a Granada.
Fue todo una semana de aventura que nunca olvidaremos.
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