Un cuento para el Verano. Mi vida sin recuerdos

 Un cuento para el Verano.

"Mi vida sin recuerdos"

Resumen de un cuento que escribió el Blogger en su libro "Carta a Silvia y otros cuentos"


Me llamo Facundo, tengo 82 años de edad, soy un farmacéutico jubilado que aparqué mi vida en este Centro Geriátrico Santa Ana esperando el final del  triste teatro de mi vida. Acabo de sentarme frente a la máquina de escribir, ruidosa compañera de mi vejez ya que confieso que soy  un escritor diletante, disfruto con lo que escribo. Preparo un relato para poder concursar, entre los residentes de este asilo, sobre mi vida, sobre mis recuerdos.

No, no me viene a las mientes ningún hito grato de mi vida. Quizá sí afloran los recuerdos de la figura canalla del mancebo que trabajaba para mí cuando yo me hice cargo de la farmacia familiar. Este joven maduró trabajando en mi botica y como era locuaz me contaba, cuando no había clientes, sus aventuras y desventuras con mujeres hermosas, algunas incluso viciosillas,  además de sus inclinaciones creativas  que se creía un artista cuando modelaba en barro horribles figuras que él llamaba al estilo del arte abstracto.

 Los recuerdos de Antonio borraban mi creatividad como escritor ya que era imposible superponer mis pobres vivencias a las aventuras del mancebo, que para colmo, también ahora tan jubilado como yo, reside en este mismo asilo, pero en el ala de los pobres aunque en el patio, cuando tomamos el sol de las suaves mañanas primaverales se me acerca y con su cara, todavía guapa, me dice al mismo tiempo que golpea cariñosamente mi cuello: Boti, que siempre fuiste muy tonto. Que no supiste buscar el lado bueno de la vida. 

Recuerdo aquella vez cuando vino a recoger a Antonio, a la botica, la segunda esposa de éste. Ella tendría unos treinta años de edad y un cuerpo de escándalo. Llegó a la farmacia  vestiendo un ajustadísimo traje verde esmeralda que le marcaba las costuras de su ropa interior. Era una auténtica hembra, como se decía entonces. Yo la miraba de reojo  y pensaba que sería capaz de darle la mitad de mi fortuna por pasar una noche con ella.

¿Y mi esposa, que en gloria esté? ¡Qué noches de terror en la cama! Era más beata que mujer. Esa agua bendita que ella esparcía sobre el lecho conyugal, por consejos de confesor, para evitar fornicar con intenciones libidinosas. Ella, la pobre Adela, era torpe haciendo el amor. Se quedaba rígida, mirando  hacia el techo del dormitorio y murmurando oraciones. Yo hacía un  tremendo esfuerzo e intentaba imaginar que Adela era Isabel, la esposa de Antonio. Pero nunca hacía efecto tal suposición.

En el Centro Geriátrico Santa Ana me encuentro esperando al barquero Caronte, igual que mi ex-empleado Antonio. Yo, con la mente vacía de recuerdos y él lleno de experiencias pasadas. Tuve una vida tan simple que fue  en realidad una vida sin recuerdos.

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