Un cuento corto medieval: Nunca digas, nunca
Un cuento medieval: "Nunca digas, nunca"
Reino de Jaén. Siglo XIV. Jacinto era un excelente iluminador, dibujaba de memoria preciosas figuras sobre la fina vitela que le había preparado los monjes de San Tarsicio de Baeza.
La frontera entre los cristianos del Reino de Jaén y los moros de Granada, cambiante, amigable incluso en raras ocasiones, siempre fascinó al apuesto joven perteneciente a una noble cuna de la media nobleza descendiente de los conquistadores cristianos de Baeza. No se hizo ni caballero de Santiago ni monje. Jacinto era un artista, le gustaba dibujar y pintar, escribir poesías y relatos épicos. Era, en definitiva, la oveja negra de la familia a pesar que en su adolescencia su padre lo empujó para que ingresara en el convento de San Benito esperando que con el tiempo, perteneciera al alto clero para dar lustre al apellido Canizuela.
Allí en el covento aprendiò a leer en latín y algo de la lengua arábiga, y principalmente, se despertó en él sus dotes de dibujante, ilustrador o iluminador de manuscritos. No tomó los hábitos. Se escapó del convento, a los 19 años, meses antes, con un hijo de un matrimonio de buenos conversos para conocer mundo, según dijeron a sus familias cuando fueron entregados por la guardia fronteriza a sus respectivos padres.
Jacinto se sentía casi bien, aunque le faltaba algo, un algo que desconocía: el amor. A sus 22 años de edad aún no se habia fijado en ninguna dama de la pequeña corte baezana. Jacinto deseaba algo especial, alguien a quien amar con cierta dificultad, que es como se ama de verdad.
Mientras tanto, Jacinto trabajaba dibujando un precioso libro de oraciones que sería para doña Blanca Zúñiga, la esposa del que fue Condestable don Juan.
Jacinto llevaba iluminando el manucristo desde hacía casi dos años. Preciosos y detallados dibujos, bellamente coloreados pero a falta del color azul intenso que solo daba la pintura preparada con lapislázuli, un producto caro y difícil de obtener. Solo en Granada era vendido por un comerciante musulmán que lo importaba desde el lejano Hindukush.
- Padre - dijo un día a don Julián Canizuela, su católico padre- no tengo más remedio que cruzar la frontera y marchar a Granada para adquirir algunas piedras de lapislázuli para terminar de iluminar el libro de oraciones de doña Blanca.
- ¡Eso es una temeridad! - exclamó airado don Julián. A pesar de la tregua que tenemos con los moros el camino está infectado de bandidos y de renegados.
- Es que iré acompañado por Sem Cob de Andújar, el conocido mediador, respetado por moros y cristianos de la Frontera.
Jacinto pudo entrar en Granada tras dos dias de viajes sin ningán incidente. El anciano Sem Cob amenizó el viaje relatando bellas historias del pueblo judío. Sus cabalgaduras, dos mulos baezanos de suave andar y gran resistencia, ayudaron para llegar a Granada sin dolores musculares ni rozaduras molestas en las nalgas.
Sem Cob condujo a Jacinto a la tienda de Mannuk al-Kiri para comprar el preciado lapislázuli.
Desde que cruzaron por la Puerta de Elvira los ojos de Jacinto dejaron de parpadear contemplando un mundo fascinante y exóticos; alegre y bullicioso, tan diferente al ambiente de la triste ciudad de Baeza.
- ¿Sabes, cristiano, de donde procede el lapislázuli que te voy a vender? - preguntó el tendero en algarabía, traducido por su guía .
- De lugares muy lejanos - contestó Jacinto
- De un lugar más lejos que Bagdad, un sitio remoto donde los camellos vuelan y las damas embrujan- contestó sonriente Mannuk.
- ¡Mayra! llamó a media voz el tendero
Una joven de cuerpo cimbreante, vestida con sedas y excesivamente alhajada, salió de la trastienda con una cajita de madera que portaba con sumo cuidado. Se acercó a Jacinto y dos perlas negras como el azabache fijó su mirada en el joven cristiano quedando éste embrujado por la cálida mirada de Mayra.
Jacinto nunca había experimenado nada parecido en su vida. Como un relámpago recorrió un chispazo todo su cuerpo desde sus pies hasta la cabeza al mismo tiempo que un chasquido se produjo en su corazón quedando embelesado ante la visión de la joven Mayra y transido por el suave perfume a espliego que ésta dejó tras sí cuando volvió a la trastienda.
El viaje de regreso también fue tranquilo salvo que unos individuos armados y a caballo se acercaron a ellos y sin decir palabras y tras reconocer al anciano dejaron pasar a los viajeros.
A los dos días de llegar a Baeza , el artista tomó la cajita atada fuetemente con cuerdas y la abrió para preparar parte del contenido. Un papel doblado llamó su atencion. Lo desplegó y pudo leer en perfecto castellano "Cristiano, si quieres entrar en el Paraíso que te ofrezco, te espero en Al-fundaq al-yadida el próximo mes de Rayab, al mediodía. Iré vestida como una sirvienta y para que me reconozca, luciré un anillo con una gran piedra de lapislázuli"
Una gran conmoción agitó los cimientos de la respetable casa de los Canizuela. El hijo menor, esa cabra loca que no quería ser monje ni soldado, había huído a Granada en el momento cuando fueron rotas las treguas entre ambos reinos. ¿A qué iría Jacinto a tan horrible lugar de infieles? Se preguntaba la gente intrigada.
Nunca digas nunca cuando puedas decir para siempre. Se decía Jacinto acercándose, con pasos seguros, hacia la fundaq granadina.
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