Un afroamericano en la Death Row (Un cuento negro)

 Un afroamericano en la Death Row

(Un cuento negro)


Ya me decidí. Es hora de hacer justicia. Llevo viviendo en este miserable semisótano  de Longwood desde que nací. No prospero, soy un perdedor nato.

La comunidad afroamericana, para otros los negros, que habitamos este asqueroso barrio de Nueva York antes éramos una comunidad muy unida. Nos ayudábamos unos a los otros, pero desde que las drogas campan por su ancha por sus calles es todo diferente. Ahora nos matamos por cualquier nimiedad. 

Desde los 14 años, que entré a trabajar como aprendiz en la ferretería de Mr. Fash hasta la fecha, con 24 años edad, llevo diez años trabajando como un eclavo en la misma tienda.  He tenido que soportar los pescozones del amo, también negro, cada vez que me equivocaba y la risa destemplada de la esposa de éste, la gorda Mr. Fasch cuando   me pegaba el viejo tendero.

Soy muy religioso, eso ayuda a soportar mi particular infierno; pertenezco a la iglesia metodista y quizá por ésto o por terror a la brutalidad policial nunca cometí delito alguno. Soy un ciudadano ejemplar, pobre, pero honrado.

Cuando me da por pensar reconozco que todos nosotros, los negros de los Estados Unidos, descendemos de esclavos traídos por los blancos que nos vendieron como animales y, algo más suavizados, todavía seguimos siendo los esclavos económicos de esa élite que bajo las siglas WASP (White AngloSaxon Protestant) nos someten como a lo que siempre fuimos para ellos.

Casi todos mis ahorros lo invertí en adquirir un magnífico rifle de precisión SDMR.  Practico el tiro con este arma en un bosquecillo que hay junto al campo de tiro Rifle's Soul para enmascarar las detonaciones de mi arma.

Pero, para mi plan, lo más difícil fue conseguir un puesto de trabajo para limpiar oficinas en el edificio que hay frente a la Bolsa de Wall Street. Por supuesto que dejé mi trabajo en la ferretería y cada mañana, antes de amanecer, me dedicaba a limpiar y abrillantar el suelo de mármol del hall de entrada de este edificio de oficinas. En realidad, mi misión era otra: mirar, observar y tomar notas de las entradas y salidas de todos los ejecutivos y brokers a la New York Stock Exhange.

Aquel día, cuando me quedé escondido en una oficina vacía cuya ventana daba a una de las entradas a la Bolsa, palpé mi hermoso SDMR y noté que estaba ansioso por funcionar. El ruido de la calle amortiguó la balacea que eliminó a 16 esbirros del dinero y dejó heridos otros tantos. Todos eran blancos, ningún afroamericano fue herido.

Espero con tranquilidad mi turno. No tengo prisa ni menos aún remordimientos por lo que hice. ¿Qué es eso? Sí, avisan por los altavoces que las luces se apagarán dentro de tres minutos. Dejo de escribir en mi cuaderno de notas. Ya reina el completo silencio en las celdas de la Death Row. Yo espero, espero.


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