La píldora (Un cuento para Noviembre)
La píldora (Un cuento para Noviembre)
Jacinto volaba de regreso a Barcelona desde Schiphol. Aquel encuentro de los CEO europeos con la alta dirección de Wang-hu no fue del todo muy exitosa. La delegación española, de la que él era el máximo responsable, no quedó entre las primeras en cumplir objetivos. Tendría que mejorar. La preocupación de Jacinto fue la causa de su terrible jaqueca.
El ejecutivo se recostó en el mullido asiento, clase preferente, por supuesto, y cerró los ojos. Le acompañaba su secretaria Adela y su ayudante el Sr. Marchalán.
No soportaba los fuertes latidos que sentía en las sienes; la jaqueca iba a más. Pidió a su secretaria si tenía algún analgésico para aliviar el sufrimiento.
La señorita Adela no era una secretaria como la que suele aparecer en una película: rostro bello y con estupendas piernas torneadas, muy torpe usando el ordenador pero hábil en la cama con el jefe. No, ella era una secretaria de verdad. Se había graduado en la London School en ciencias empresariales y había sido asesora de dos presidentes españoles de gobierno. Era fea, vieja y de mal carácter aunque eficaz en su trabajo. Adela sacó de su bolso una píldora color verde que Jacinto tragó ayudado por un sorbo de fresco Taittinger. Cerró de nuevo los ojos e intentó relajarse.
A los pocos minutos el dolor de cabeza desapareció sin dejar rastro, incluso se evaporó la molestia que sentía en el juanete de su pie izquierdo; se sentía levitar y su alma se serenó, notaba como la felicidad entraba en su cuerpo. Incluso la repelente musiquilla ambiental del avión le pareció convertirse en el Il Trovatore escuchado en el Liceo. Más aún, vio a su secretaria, apodada la caracaballo, con un rostro radiante, atractiva y sonriente bajo un aura de extraña belleza.
Saliendo del aeropuerto tropezó con una maleta de un pasajero y casi cayó al suelo si no hubiese sido por aquella espectacular dama a la cual abrazó instintivamente para evitar un bochornoso accidente. Se disculpó ante la bellísima mujer mejicana, pues dijo que venía a Barcelona desde Mexico DF para un desfile de modelos. Se intercambiaron tarjetas y sonrisas prometedoras. Nos veremos, dijo el CEO estrechando con suavidad la mano de Flora.
Tras varias horas en la oficina de la empresa Jacinto ordenó al chófer preparar el coche para ir por fin a Pedralbes, a casa. Necesitaba descansar.
El mayordomo, casi un anciano, no se pudo contener y le comunicó con alegría que el resultado médico de su esposa, la de Jacinto se comprende, dio negativo, el tumor era benigno.
Alma, la esposa de Jacinto, nada más ver a su esposo se le echó al cuello llorando y riendo de alegría para dar su buena noticia. Sin ningún punto y aparte en su lloriqueo la dama le hizo saber que su único hijo, Jaume del Carmen, ese engendro, como le llamaba el padre cuando se enfadaba por las barbaridades que solía hacer el "niño" de casi cuarenta años de edad, más vago que un conserje además de ser, por vocación y profesión, un playboy putañero, un borracho y un drogata que se había, explicó Alma ahora más sosegada, comprometido con la hija de un millonario xarnego y que se haría cargo de una oficina de import-export del suegro.
Jacinto se retiró a su despacho, en la planta superior de la torre, para repasar unos papeles antes de vestirse para la cena.
Llamó a su secretaria para preguntararle donde compró aquellas milagrosas píldoras que además de quitarle todos los dolores del cuerpo le había traído tanta buena suerte. No se -contestó la empleada- racuerdo que compré tres de estas píldoras a una chica disfrazada de hippy en una calle de Amsterdam.
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