¿Vivimos mejor juntos o separados?
¿Vivimos mejor juntos o separados?
"Me llamo Jacinto, tengo 36 años de edad, tengo un excelente empleo en los laboratorios Vitae y vivo, heredado de mis padres, en un magnífico duplex en la zona más lujosa y elegante de la ciudad. ¿Por qué no te casas? me preguntan familiares y amigos. Yo suelo contestar que es debido a que no encontré aún a la mujer-tipo que llenara mi vida. No es verdad, lo confieso, lo que me horroriza es vivir en mi piso con una mujer teniendo que verla recién levantada de la cama. Una visión desagradable que pude comprobar aquella vez que una compañera de trabajo pasó un fin de semana completa en casa y la vi sin arreglar, sin maquillar y sin peinar y lo peor de todo fue cuando pasó al baño y tuve que oir, en el silencio de un domingo por la mañana, los ruidos sanitarios propios de todo ser humano. No y no. Es muy desagradable estar con una mujer tan poco idealizada. Siempre me gustaron los amaneceres bellos.
Confieso, no quiero ninguna mujer en mi hogar. Me basto con la sirvienta que dos veces a la semana me arregla la casa e incluso deja comida hecha en el frigo. Inquilinas sentimentales, no.
Afortunadamente la solución a mi soltería pertinaz la encontré en Adela, una mujer madurita, de aspecto muy aseado y agradable, que olía siempre suavemente a jazmín y cuya mirada me ralajaba más que otras sensaciones libidinosas.
Adela vivía en su porpia casa, sola como yo, era de mente poco complicada pero sin llegar a la simpleza.
Un día que la invité a cenar en casa una comida que encargamos en el restaurante de la esquina, me tomó una mano, y me propuso con toda claridad: ¿Quiere ser mi amante perfecto? Me explicó que era solo para vernos cuando nos apeteciera, cada cual viviendo en su casa, y siempre que nos viésemos arreglados, limpios de cuerpos y de ideas y perfumados contra la vulgaridad y la plebeyez.
Para sellar este pacto, que confieso me gustó, viajamos a Tatilruhu, en las islas Seychelles, a un bellos hotel. Cogimos dos habitaciones separadas. Nos uníamos para hablar y amarnos y después cada cual a su ínsula. Cuando bajábamos a desayunar ella estaba recién duchada y arreglada para pasar un dia conmigo; yo, por supuesto, también bajaba presentable para la ocasión.
Cuando una pareja se ven por primera vez es un delirio de belleza, todo sonrisas, todo buena apariencia ¿Por que romper este hechizo a causa de la cotidianidad de nuestras convivencia?
Fuimos muy felices, nos veíamos cuando nos convenía. Cuando nos encontrábamos, tras unos días de ausencia, era todo un suceso, una pequeña fiestas de deseos y de goces. Lo malo y lo desgradable de la vida nunca era mencionado en nuestros encuentros. Vivíamos como unos siddhartas antes de salir del castillo".
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