Churros (Un Cuento de Navidad)
Churros (Un Cuento de Navidad)
Hacía frío aquella hora de la mañana en la Costa Tropical de Salobreña. Un cielo azul intenso y un mar tranquilo no aliviaba el calvario de la espera de Jacinto. Los dedos de los pies, pese a estar protegidos por gruesos calcetines y recias botas comenzaron a protestar. Sí, él sabia que casi a sus ochenta años de edad no podía hacer tonterías ni extravagancias que perjudicara su salud. Pero aquel día se sentía diferente.
Jacinto antes de jubilarse como funcionario de Correos, cartero en el lenguaje coloquial, ya había comprado aquella casita con vista al mar pero situada en lo alto del pueblo, con calles y escaleras empinadas que ahora se convirtieron en obstáculos para bajar a la playa para poder caminar por el paseo marítimo. De todas formas él se sentia satisfecho con su vida pasada, pues aparte de tener un trabajo alimentario suficiente para vivir casi bien en la casa que heredó de sus padres en el Realejo, tenía tiempo de sobra para dedicarse a su pasión, más bien vocación artística: escribir poesías. Recordó emocionado cuando recibió un galardón como reconocimiento a su poemario "Los moros-cristianos de Granada" y también, tiempo después, cuando en Otura fue invitado por su ayuntamiento para dar el pregón de sus Fiestas amén de la edición de un cuadernillos con algunos de sus poemas.
Jacinto se consideraba un poeta aceptado por una gran parte del pueblo granadino y respetado en Salobreña, desde que se trasladó allí tras jubilarse, donde cariñosamente le llamaban poeta, cosa que a él le gustaba.
Estando en la fila recordó que cuando se jubiló, la oficina central de Correos de Granada le editó su obra cumbre, un poemario titulado: "Me molesta oler colonias baratas". Jacinto se consideraba diferente a toda esa gente que hacía cola, un fila de pobres humanos que pacientemente esperaban su turno bajo el frío húmedo del mar.
No puedo evitar oir conversaciones de los pacientes esperadores, se decía el poeta mirando el cogote de una mujer gorda como un barril: "¿Viste la película de ayer en la tele" "Mira esa, tan buena en apariencia y se fugó con un viajante de comercio" "La cabra siempre tira al monte" , contestó una mujer mientras se hurgaba en el oído.
Esas conversaciones. Un tormento añadido a la espera. Tener que escuchar involuntariamente esas sandeces.
-A ver. El siguiente -salió la voz de la boca de un orondo humano
-Soy yo
- ¿Cuánto?
-Un euro de churros.
Cuatro trozos que semejaban cuatro dedos de masa frita fueron envueltos en un trozo de papel de estraza.
Jacinto tras pagar recogió el paquete que con su calor reconfortaba sus gélidas manos. Al instante salió casi corriendo al bar de la esquina para pedir un café con leche donde mojaría los churros ya fríos por la espera. El local estaba a rebosar de parroquianos, todos comían sus churros mojados en café o en cacao. Todos hablaban a gritos que se confundía con la voz de una bella locutura que desde la pantalla del televisor decía aquella manida y repetida frase anual: ¡Mañana es Navidad! ¡Felicidades!
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