Jabalí. Un cuento casi noir
Jabalí. Un cuento casi noir
Jacinto era un cazador con cierta experiencia. Su especialidad eran los conejos y las perdices hasta que un día un cliente de su taller mecánico le sugirió que subiese al coto El Picacho donde abundaban los jabalíes aquella temporada.
Total -le dijo el cliente- es cuestión de cambiar los cartuchos del calibre 10 por otros del calibre 12.
Varios días después, al atardecer y después de cerrar su negocio, Jacinto se subió al Nissan Patrol con su escopeta escondida bajo una lona y con los bolsillos llenos de cartuchos del 12 y de postas, prohibidos pero muy eficaces contra los gorrinos.
Cuando aparcó el coche bajo un pino y tras unos altos matorrales, Jacinto caminó por la espesura del coto oteando a los posibles marranos y al guarda forestal, que de seguro estaría en la venta del cruce tomando unas cervezas.
El cazador no tuvo que esperar mucho cuando notó un movimiento sospechoso tras unas matas, apenas vió al jabalí pero sí su silueta oscura. Apuntó con cuidado su Brno cargada con cartuchos de postas y disparó dos veces. Este no se me escapa -se dijo Jacinto- mientras se acercaba a la pieza abatida.
Al llegar al lugar de la captura encendió la linterna y se acercó a un bulto que estaba como encogido sobre sí mismo. Era un hombre, posiblemente otro furtivo que agachado estaría, antes de recibir los impactos, dando de vientre, como dicen en los pueblos la gente educada. El caso es que el paisano había recibido los dos tiros de cartuchos de postas en la espalda con los pantalones bajados y su escopeta apoyada contra un pico. Una fea estampa que los ojos del aterrorizado Jacinto plasmaron en su cerebro.
Hubo un funeral por el tío Paco, que era el nombre del finado. Después de pasar unos dias en el calabozo del cuertelillo, en el juicio Jacinto fue declarado culpable de homicidio imprudente con pena de un año de cárcel. El abogado consiguió la supresión de condena por carecer Jacinto de delitos previos.
Jacinto, todo hay que decirlo, se dolió de haber matado a un vecino del pueblo pero lo que le asustó de verdad era la amenaza de los dos hijos, treintañeros y mal encarados, que dijeron casi a gritos de "esto no acabará así" que hicieron a los asistentes al funeral del padre.
Lo mejor para tí y tu familia -le dijo un amigo ex-guardia civil- es poner tierra de por medio hasta que pase un tiempo. Jacinto le hizo caso y desapareció del pueblo junto a su familia.
No pasaron tres años desde el triste suceso entre cazadores furtivos del coto El Picacho cuando en la prensa regional apareció una noticia:
"Jacinto Paidroche, propietario del taller mecánico Supra de esta localidad de Jaén ha sido asesinado a tiros mientras cerraba el negocio. Una patrulla de la policía nacional que pasaba en ese momento detuvo al asesino que resultó ser Aniceto Calamora, un hijo de un cazador de Granada que por accidente fue muerto a tiros, hace tres años, por el ahora asesinado Jacinto Paidroche. Una auténtica venganza familiar."
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