Tres ciudades

Tres ciudades


Sostiene Jacinto que lo mejor que le pudo pasar antes de verse encerrado en esta residencia de ancianos fueron sus recuerdos. Los buenos, porque los malos los borró de su memoria. Racordar un pasado grato en el mejor estímulo para soportar la vejez.

Mi eterna curiosidad con todo lo que me rodeaba fue el motor que siempre necesité para navegar por esta procelosa vida -cuenta Jacinto- y como dice John Rawls, siempre me gustó asomarme a lo que había detrás del velo. Hay gente que pasa tan de puntillas por la vida que apenas  notan ellos mismo sus pobres existencias. Son planos de mentes y de emociones.

 El anciano Jacinto me contó que siempre se balanceó entre Platón y Aristóteles prefiriendo siempre al segundo ya que afirmaba que todas las formas desaparecen cuando desaparece el individuo, desapareciendo también el alma. Jacinto, a pesar de su edad, no tiene ideas confusas hasta el extremo de explicarme que Gustavo Bueno, un filósofo español que falleció no hace mucho, forjó un materialismo filosófico que nos acercó a un saber acerca del presente y desde el presente y que cualquier concepto filosofico abstracto siempre estaría en un segundo plano tras la ingeniería física y el saber racional.

Jacinto me dijo que para él no hubo más placer en toda su vida, que haber vivido en tres ciudades que amó profundamente. 

Madrid fue la eclosión hacia la vida real, pues fue donde Jacinto se hizo un hombre-hombre. Con responsabilidades y goces estéticos. Allí fue donde asistió a bailes casi exclusivos con bellas jovencitas en los llamados Clubs de Juventud como el Versalles, el Imperante, Paraninfo y otros. Allí fue donde asistió a quellos amañados e interesantes combates, durante los veranos, de lucha libre en Las Ventas y en el Campo de Gas. Allí fue donde iba al cine con una asiduidad impertinente. Allí fue donde, junto con amigos, saboreaba aquellas enormes y frescas gambas a la plancha en un bar que había ¿hay? en  plaza de Cascorro. Allí fue (año 1965) cuando supe y cató un perrito caliente con ketchup y lo que era una pizza. Allí fue donde descubrió  Jacinto lo que era el amor regional en sus variadas novias de diferentes regiones.  Allí fue donde se sintió libre  y responsables de todos sus actos, trabajando, ganando dinero y gastándolo en lo que le placía.


Toronto fue toda una experiencia para un españolito de 22 años de edad. ¿Por qué desea usted una visa de trabajo para Canadá si aquí tiene usted un excelente trabajo? Le preguntaron a Jacinto en la embajada cuando llevó una carta de su empresa para certificar que él estaba en activo.

Cosas que pasan, a esa edad a Jacinto le aterrorizaba la idea de estar en un misma empleo hasta su jubilación. 

La sensación más extraterrestre que tuvo Jacinto fue cuando cruzaba el océano en el DC-8 de  Canadian Pacific y se notó solo y a su libre albedrío. ¿Qué haré cuando llegue a una ciudad extranjera que está a seis mil quilómetros de Madrid? -Jacinto me contó como él notó algo tan agradable y extraño que le hacía flotar en la realidad.   

Allí, en Toronto, lo que más gustaba a  Jacinto era   comer en los restaurantes enormes chuletones de buey a la parrilla acompañado de una taza de café negro americano. No todos los restaurantes podían servir bebidas alcohólicas.

Desde Toronto, en sus días libres en el trabajo, pudo visitar Jacinto Montreal, las Cataratas de Niágara, Nueva York, Detroit y hasta volar en una avioneta biplaza Piper, de pasajero-copiloto, media hora 30 dólares, por los bosques de la ciudad.

Allí sintió la rapidez y levedad del tiempo por primera vez cuando a los dos años de vivir en Toronto creyó que solo había pasado unos meses desde su llegada. Todo fue tan bueno y tan diferente. 


Granada, me contó Jacinto que la primera vez que visitó la Alhambra fue en al año 1961, en el viaje fin de curso del Bachillerato. Después en su viaje de boda en 1970 y por fin, por un caprichoso azar, cuando fue trasladado por su empresa a esta bella ciudad donde residió por más de treinta años.

En su afán por saber, hizo un estudio, por mero placer, de todos los pueblos de la provincia de Granada visitando el 90% de estos. Un estudio que autoeditó en xerocopia para sus amigos y compañeros de trabajo.

Jacinto sostiene que lo mejor de la vida es saber, conocer lo más que se pueda. Como cuando pudo admirar, en una mañana de un dia despejado de enero, los montes Atlas, al otro lado del Mediterráneo,  desde el Pico del Veleta. Como cuando hizo aquella ruta en motocicleta por la cuerda de Sierra Nevada, desde el Veleta hasta Capilerira.Y aquellas múltiples aventuras en 4x4 por las provincias de Granada, Málaga y parte de Jaén. Y qué decir de  aquellos viajes que cada primavera realizaba Jacinto, junto con sus esposa, por toda España.

Granada fue para Jacinto la prueba de madurez de su vida. Una bella madurez que aparte de saber ganar un salario más que digno con su trabajo disfrutó de todo lo bello que hay en aquella ciudad como asistir cada año a los festivales de Música y Danza, al Festival de Jazz, pasar una semana esquiando en Sierra Nevada, viajar a la Alpujarra para degustar su rústica gastronomía, bañarse cada verano en la playa de agua fría y  en defititiva, practicar el bello arte de  vivir plenamente.




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