Aquellos viajes en bicicleta.

Aquellos viajes en bicicleta

Me contó Jacinto que su curiosidad  casi patológica se inició en su temprana juventud. ¡Qué excursiones y viajes a otros pueblos realizó en su pesada bicicleta BH cuando tenía 16 o más años de edad.

-¿Dónde vamos ir después de misa? -preguntó León a los tres amigos que tenían bicicletas

- A los Pinares de la Algaida - sugirió Paco

-La semana pasada fuimos allí. Yo digo -dijo León que era el mayor y el más osado de los niños ciclistas- ir al castillo de El Salvador para ver a un negro que hay allí.

- ¿Un hombre negro de verdad, como en las películas?

- Claro que sí. Vive en las chozas que hay junto al castillo.

Jacinto y los tres amigos pedalearon por la  carreterita Sanlúcar-Bonanza y una vez que pasaron  el Pinar de la Dinamita giraron hacia la izquierda, hacia la playa, por un callejón de arena bordeado de chumberas hasta llegar al castillo.

El castillo era en realidad un baluarte de artillería del siglo 17 que se encontraba casi enterrado en la arena de la playa. Junto a esta edificación había una docena de chozas (chozos, dicen alli) construídas totalmente de juncos y brezo que albergaba a unas personas raquíticas, mal nutridas y vestidas de andrajos. León, el más decidido de la pandilla preguntó a una anciana que dónde estaba el negro.

-¿Para qué queréis verlo? - dijo la desdentada mujeruca

-Para verlo

La anciana dudaba contestar cuando apareció un hombrecete renegrido por el sol y la suciedad más que negro por su epidermis.

-Estos niños quieren verte

-¿Para qué queréis verme?- preguntó el hombre escamado

-Es que mis amigos -explicó llanamente León- nunca han visto a un negro de verdad, solo los que salen en las películas americanas.

-Me tenéis que dar cada uno un real

-Con sus cuatro reales, una peseta, en el bolsillo nos contó que él era natural de Africa que vino a España cuando la guerra civil, que había estado en la legión y que ahora era pescador.

Todo era mentira, una mentira que descubrimos pasado un tiempo  cuando supimos que él era natural de Gibraleón, un pueblo de Huelva dónde todavía vivían algunos descendientes de esclavos negros que los portugueses dejaron allí hacía siglos.

                          

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Estudiando Jacinto en el Instituto oyó una conversación de unos compañeros hablando en voz baja sobre el horrendo penal del Puerto de Santa María. Sólo viendo sus muros hay gente que tiene pesadillas. Lo peor de lo peor se encierra allí, apostilló Vicente.

Jacinto se preguntó qué maleficio tendría el lugar que solo viendo los muros externos del penal  había gente que se volvía majara.

Habló con sus amigos ciclistas, todos se negaron ir al Puerto, era una osadía. Estaba muy lejos.

Jacinto no se asustó y preparó la bicicleta engrasando antes la cadena con aceite frito de pescado que dejaba un rastro de olor, como el que había en la freiduría de Rivero.

Jacinto salió por El Palmar hacia el Puerto. Estaba acostumbrado a peladear y a sus 17 años de edad poseía buenos músculos en las piernas. Tenía que hacer 40 kilómetros, 20 a la ida y otros tantos a la vuelta, antes de la comida en casa del mediodía.

Se informó antes de su periplo  y le dijeron que para no perderse buscando el penal que se llegara a la estación del tren y preguntara allí.

 El corazón le palpitaba más por el esfuerzo que por la emoción  cuando pudo ver, a cierta distancia unos muros de ladrillos casi negros por la suciedad y la humedad lo que antes fue el monasterio de la Victoria y que ahora era el penal más duro e inhumano de España.

Se bajó de la cicicleta, que apoyó en un árbol y se fijó en el tétrico edificio. Daba grima solo mirarlo y más si se creía aquella historia que contaban, la de  un hombre se acercó  a husmear tanto al penal que salieron unos guardias y lo encerraron  allí y nunca más se supo  de él. Así que cuando se le hizo un nudo en el estómago a Jacinto del miedo volvió a la estación y desde alli tomó la carretera de regreso a Sanlúcar. Llegó a tiempo de comer. Nadie se enteró en casa de su aventura.

               

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Primera Carrera de Motocicletas en el Circuíto de la Merced de Jerez de la Frontera. Aquello era muy provocador para un chico curioso y amante de las motos como era Jacinto. 

La carretera de Sanlúcar a Jerez era todo un poema. Era estrecha, bacheada, con algunas cuestas y con bastante tráfico para la época. Estamos hablando de 1960, más o menos. En esa misma carretera el autobús de línea La Valenciana atropelló,  un mes antes, mortalmente a un ciclista que volvía de Jerez en bicicleta de vender pescado.

Jacinto llegó al parque donde corrían las Montesas, las Bultacos y unas pocas Ducati  por un peligroso circuíto improvisado con pacas de paja en las curvas. Solo el ruido de los motores de las motos eran un aliciente para Jacinto. Al poco de llegar miró el reloj y tuvo que dejar la carrera de motos para volver en su vieja BH a su pueblo antes de la hora de la comida, que era un rito casi sagrado.

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