La cleptómana burguesa
La cleptómana burguesa
Me contó mi amigo Jacinto que cuando él trabajaba de guardia de seguridad en unos grandes almacenes de Granada conoció un caso que le conmovió.
"Aquella mujer fue aprehendida por haber hurtado un pintalabios y una crema facial. Lo primero que dijo, sin alterarse lo más mínimo, fue que llamáramos a su esposo. Mientras ella mostraba varias tarjetas de crédito de diferentes bancos y sonría contestando con amabilidad a todos los interrogantes del jefe de seguridad. Media hora después apareció su esposo pálido y desencajado preguntando con cortesía que es lo que sucedía.
Resulta que el atribulado esposo de Adela era un afamado cirujano y catedrático de medicina. Ella tenía, según su DNI, 34 años de edad y él unos cincuenta años de edad. Una pareja burguesa aparentemente perfecta.
Como la empresa no quería involucrar a la mujer con la policía por este hurto dijeron a ambos, esposo y "delincuente", que por ser la primera vez que esto sucedía que pagaran el importe de lo robado pero si la atrapaban otra vez la llevarían a comisaría.
Me contó Jacinto que no comprendieron como una mujer, educada y de clase alta, que vivía en una de las zonas más exclusivas de la capital, que tenía dos asistentas y tres tarjetas de créditos ilimitados le dio por hurtar esas menudencias.
No pasaron tres semanas cuando Adela, la esposa del cirujano, fue atrapada esta vez con un par de zapatos de diseño, un frasco de perfume caro y una corbata de seda.
La seguridad del establecimiento llamó al marido. Esta vez tardó un poco más en llegar al cuartillo de seguridad porque estaba en quirófano operando. Apareció otra vez el esposo con la cara desencajada y triste.
El total de lo hurtado era muy alto y por ley tenían que llevar a su esposa a comisaría para poner una denuncia en toda regla. El doctor suplicó que, por Dios, no lo hicieran que su reputación quedaría dañada. También rogó hablar a solas con el jefe de seguridad y le propuso dejarle una tarjeta Visa Oro, con la clave, para se cobraran todo lo que robase su esposa. Estaba enferma, era una cleptómana de cuidado, que por culpa de su "afición" tuvieron que cambiar de ciudad debido a otros casos similares aunque después de un tratamiento psiquiátrico pareció que desapareció esta manía, pero no, por desgracia había recaído.
Todo este trastorno, argumentó el médico, surgió a raiz de un alborto que tuvo hace un tiempo y a la imposiblidad de engendrar hijos. Una desgracia, se lamentó el profesor.
Adela, la cleptómana, creía que ella era un lince robando. Nunca miraba detrás de ella cuando entraba en el gran almacén mientras que una mujer de seguridad anotaba el precio de todo lo que hurtaba aunque nunca la paraban. Adela salía tan contenta del gran almacén, llena de cachivaches robados.
Lo peor le sucedió a esta ladrona cuando intentó cambiar de centro de operaciones para robar en una boutique. Allí fue interceptada por el hijo de la dueña de la tienda que después de quitarle la falda que había hurtado recibió una tremenda bofetada y la promesa que como volviera por allí recibiría su merecido.
Adela era una cleptómana de cuidado, una enferma mental que como todos los que sufren estos tipos de trastornos solo temen a los castigos físicos más que a sus consecuencias. Adela se hizo una asidua ladrona en GP. Allí, ella creía que todos los empleados eran tontos de remate, nunca la atrapaban aunque la factura de la Visa Oro que había dejado su marido bajaba el saldo con una rapidez inesperada.
-¿Cómo pudo el hombre soportar a esta enferma mental? - pregunté a Jacinto.
- Después de un año con asiduas visitas rateras de Adela desaparecieron de la ciudad ella y su esposo. Nos enteramos que el cirujano se divorció de la mujer, que se fue a vivir a Zamora, su ciudad natal, y él se trasladó a Sevilla a seguir ejerciendo como catedrático y cirujano"
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