Aquellos épicos viajes en tren del pasado siglo

Aquellos épicos viajes en tren del pasado siglo

A las 6 de la mañana sonó el despertador. Maldito ring. Jacinto saltó de la cama impulsado por el tiempo justo para poder tomar el ferrobús que desde la estación de ferrocarril Sanlúcar-Costa lo llevaría a la del Puerto de Santa María.

El tren Rápido Cádiz-Madrid haría una breve parada en el Puerto. Jacinto subió al vagón de segunda clase y, como había plazas libres, escogió la mejor para él, junto a la ventanilla y sentado en dirección a la marcha. 

El bullicio de viajeros que subían al tren se inició en la estación de Jerez de la Frontera. Ya no quedaban demasiados asientos libres. La gente ocupaba parte de los pasillos, sentados sobre sus propias maletas de madera o cartón duro. Las estaciones de Sevilla y Córdoba eran un rebosadero de viajeros que se afanaban a subir a un tren atestado.  

A Jacinto siempre le gustaron los trenes. La estación de Córdoba era fantástica para un observador de locomotoras como él,  había humeantes máquinas de vapor, de fuel-oil y eléctricas. En Córdoba paraba el Rápido más de media hora para cambiar la máquina tractora, una poderosa diesel americana Alco por otra ligera y aún más poderosa que la anterior, la locomotora eléctrica Wefer; la línea Córdoba-Madrid estaba recién electrificada.

Como era la hora de la comida del mediodía cada viajero desenvolvía sus bocadillos, de tortilla para los pobres y de filetes empanados para los menos pobres. Había otros pasajeros que por no llevar bocadillos compraban los que vendían, de jamón o de queso, unas mujeres que vociferaban sus productos desde el andén: cinco duros, con jamón de sobra. Algunos los compraban y abrían el bollo de pan, una vez pagado y la vendedora desaparecida,  para ver que el jamón estaba sabiamente expuesto alrededor del pan mientras que el centro estaba vacío. Otras mujeres, en el verano, vendían tragos de agua de sus botijos: una peseta la jartá.

Jacinto hacía ese viaje, en el Expreso nocturno Madrid-Cadiz y a la vuelta en el Rápido diurno, tres veces al año, en los días libres de las vacaciones de navidad, semana santa y verano. Todo una deseada y esperada aventura.

Jacinto nunca fue capaz de dormir sentado y fue todo un alivio cuando pusieron aquella "modernidad" de literas en segunda clase. Por un suplemento podía  uno acostarse, vestido, en un compartimento con seis literas. Una gozada, Jacinto solía despertar casi a un tercio del trayecto. Pero el tren Rápido, como era un tren de día, no llevaba litera alguna. 

En la estación de ferrocarril Linares-Baeza se subían más paisanos. Eran, en su mayoría obreros, estudiantes y soldados que hacían la mili y tenían que estar en Madrid tras los días de asueto.

Jacinto comprendía que Madrid le daba trabajo, cierta prosperidad y con suerte un futuro grato; no obstante sentía desasodiego cada vez que tenía que volver de su pueblo donde estaba su familia, sus amigos del instituto y su medio novia Adela.

Cuando el tren paraba en Santa Elena alguien dijo: ya estamos llegando. Un nudo en la garganta comenzó a formarse en Jacinto: es lo que hay, se decía para autoconsolarse.

En Villaverde ya era un hecho. Dentro de unos minutos entrarían en la inmensa playa de vías de Atocha, pero lo que recordó siempre Jacinto era aquel gran cartel luminoso, porque el tren llegaba a Madrid siempre con retraso y al atardecer, un rótulo que se encontraba hacia la izquierda de la entrada de la estación de Atocha: Café la Estrella... Ese era una especie de icono o de tótem que significaba para él: Macho, ya no tienes escapatoria, aquí, en Madrid, de la pensión al trabajo para buscarte la vida. Tu cruda realidad. 

Jacinto se veía en su destino después de casi doce horas en un tren repleto de andaluces que por aburrimiento o desahogo, durante el viaje, contaban sus historias entre ellos, sus pobres vivencias y sus sueños. Porque sin sueños la vida sería un desastre. Algunos decían que  volverían  a sus pueblos cuando ahorraran algún dinero para montar una tienda o un bar y otros deseaban prosperar en sus trabajos para incorporarse para siempre a un Madrid en auge como sucedía en el año 1965. El Cinturón Industrial de Madrid acogía la friolera cantidad de 100.000 obreros especializados.

Jacinto dice ahora, que es un viejo octogenario, que los tres años que residió en Madrid fueron los mejores años de su vida. La vida da muchas vueltas y ahora Madrid es un caos etnológico con abundancia de pedigüeños, delincuentes y de caras raras.

Madrid ya no es aquel "De Madrid al cielo" sino una urbe de "Sálvese quien pueda".














Jacinto baja la escalera del metro para salir por una fauce que expulsa a gente a la vorágine de la gran ciudad. Cabdo este andaluz llegó a la pensión preparó todo para volver a su trabajo y poner el despertador a las... seis de la mañana.

 


 

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