El último Pater Familias

El último Pater Familias


A finales de la década de los años 50, en la España rural y principalmente en Andalucía, el cabeza de familia era una especie de semidiós. Todo lo que hacía y ordenaba era sagrado, era incuestionable.

 Don Luis Piedritas, casado con cinco hijos adultos y una esposa asustada y esclavizada por este Pater Familias vivía con su grey en una casona, ligeramente restaurada, del siglo XVIII que le daba un aire de fortaleza impenetrabla ante la intolerancia y perversidad del esposo.

 Don Luis se había otorgado una autoridad omnipotente sobre sus tres hijos de 19, 22 y 25 años de edad y de dos hijas mocitas, Marta de 20 años y Adela de 26 años. Solteras porque aún el Pater no les había encontrado un hombre equiparable a su rango social y apellido paternal.

Don Luis era un agricultor mediano, sin muchas hectáreas en propeidad pero lo que sí era el único administrador del duque de Castón, con enormes fincas de cereales, de olivares y de algodón.

Aparte de sus hijos que trabajaban con los tractores y cosechadoras tenía dos peones fijos; sus hijos eran contentados en su trabajo con la compra de  un paquete de cigarrillos y con  un billete de 100 pesetas semanales para tomar unos vinos en la taberna. La esposa de don Luis, que era la correveidile y sus dos hijas trabajaban en las faenas de la casa y en preparar la comida para todos y de los jornaleros del campo, que eran muchos y tenían que comer de la olla del amo, como era costumbre en aquellos tiempos.

Don Luis había amasado un gra capital que le hacía pasar directamente al despacho del director de la sucursal de la caja de ahorros en vez de esperar su turno cada vez que visitaba el establecimiento. Don Luis se sentía orgulloso de su apellido, de su dócil familia y de su dinero.

-¡No puedo respirar, me ahogo!- se quejó don Luis a su esposa, antes de levantarse de la siesta.

- ¡Espabila, mujer¡ Llama al médico. Que me muero.

La pobre Adela llamó gritando a sus dos hijas. Los hijos estabn todos en el campo trabajando. 

Corre y llama a don Antonio, nuestro médico de cabecera, que estará todavía en su casa.

Marta, la más joven salió corriendo a la calle. El sol estaba alto y en la campiña donde se encontraba el pueblo se registraban 41ºC a la sombra. Marta corría asustada. El Pater Familias se moría. Sin saber como sus pasos se ralentizaron y comenzó a caminar  con cierta parsimonia. Estaría a medio camino entre su casa y la del médico cuando oyó que la llamaban.

-¿Dónde vas, Marta? -gritó una amiga desde la umbría del portal de su casa.

-Voy a hacer un recado

-Pasa que te enseñe mi ajuar. es precioso. ¿Quieres un refresco?

-Sí, gracias. 


El médico y Marta llegaron dos horas después de fallecer el patriarca por una arritmia cardíaca maligna, según comentó el médico.


Todo un regalo del Destino. Dos semanas después del fallecimiento de don Luis, un auténtico negrero de la familia,  como se comentaba en el pueblo, la viuda y los cinco hermanos se sentaron a replantear la nueva vida.

El hijo más joven lo que deseaba desde siempre era marcharse  de aquel odioso pueblo de tan malos recuerdos. Los otros dos hermanos se quedaron al cuidado de las fincas propias además de las del duque que tan pingües beneficios aportaban. Adela, la hija mayor de 26 años contactó con su primo Paco, que la pretendía desde pequeño, para proponerle casarse. Él aceptó porque la moza era de buen ver y además aportaba al matrimonio una fortuna nada despreciable. 

La hija pequeña, la que "corrió" para avisar al médico, marchó para vivir en coyunda con un vecino, un  muerto de hambre, pero simpático y guapo, que tocaba el saxo en un club de jazz de la Costa Brava.

La viuda suspiró y dijo aquello: Luis, espero que estés en el cielo, porque a mi me dejaste en la gloria.

   

 

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