La carta (Un relato mínimo)
La carta (Un relato mínimo)
-Jacinto, sube a Recursos cuando puedas. Hay algo para tí - Oyó el empleado timorato, por el teléfono interior, a la secretaria de la oficina de personal.
-¿Para qué me llamarán en la oficina de arriba? - se preguntó Jacinto Carajigo al mismo tiempo que notó en su columna vertebral una cálida corriente de miedo.
Con la cara desencajada Jacinto se presentó a la fondona secretaria, una mujer cincuentona de enormes tetas e inmenso trasero.
¿Qué sucede?
- No te preocupes Jacinto. Es solo para entregarte una carta que han mandado a tu nombre a esta empresa.
Chispazos surgieron desde sus neurotransmisores, entre ese axón aburrido de su rutinaria y plana vida hacia la dentrina de sus deseos y expectaciones que generaron un momentáneo estado de estrés a imaginar de quien sería la carta. En el remite ponía. C. Cantarranas, calle Del Pozo, 45. Sestao.
En la hora del café mañanero, en su descanso de quince minutos en la cafetería para el personal de la empresa, Jacinto escogió un apartado rincón para abrir la misteriosa carta y leerla:
"Jacinto, después de tanto tiempo me atrevo a escribirte cuando supe tu dirección al ver una foto en el periódico de la empresa donde trabajas en la que aparecías tú y algunos otros empleados. Por supuesto que no te reconocí, tantos años han pasado, sino cuando leí tu nombre completo: Jacinto Carajigo del Monte.
¿Te acuerdas ahora de mì? Soy Adela. Ahora vivo muy alejada de tí. Haz un esfuerzo mental y recuérdame cuando tu tenías 22 años de edad y te enamoraste locamente de mí; yo entonces tenía 37 años. ¡Quince años de diferencia! Vivimos, durante casi un año, un idilio apasionado aunque entonces no estaba de moda ir a la cama antes de casarse. Aparte de que los dos éramos unos convencidos y practicantes católicos de misa y comunión frecuente y hacer "aquello" hubiese sido un horrible pecado.
¡Qué inocentes éramos! Yo te decía, te ofrezco de de mi lo que quieras, pero solo de la cintura para arriba. ¡Qué torpeza!
El tiempo todo lo modifica. Yo estoy viuda y tengo tres hijos.
Calculando, creo que tu tendrás ahora unos 48 años de edad y yo, te lo digo porque lo sabes, 73 años. ¿Imaginas qué pareja hubiésemos hecho en la actualidad, tú aún joven y yo hecha una anciana. ¡Ese amor de juventud de entonces!
El remite que puse en la carta es ficticio. Yo resido en una residencia de ancianos, privada, pero en el fondo todas estas residencias son asilos más o menos lujosos e impersonales. Mis hijos me aparcaron aquí porque decían que mi mente, a veces, se quedaba en blanco: demencial senil. Y es verdad.
También, reconozco, que la mayoría de las veces tengo momento de prístina lucidez y sorprendentemente te recuerdo más que a mi difunto esposo, que de bueno que era le llamaban el Bollo en la oficina donde trabajaba.
En Madrid pasamos una época maravillosa. Tú te enamoraste de mí porque yo era la secretaria particular del jefazo y encerraba cierto morbo invitarme a salir. De todas formas no hacíamos mala pareja ya que tu acostumbraba a vestir de mayor, siempre con tu traje y corbata y yo, también, hay que decirlo, tenía una cara y un cuerpo muy juvenil. Todo esto me recuerda a un episodio que leí en Tirant lo Blanc con aquella noche de bodas blancas o algo así. Nada de nada.
Tu querías casarte conmigo, insisto, y eso que después me enteré que al mismo tiempo de nuestro idilio tenías una novia de tu edad que vivía en la Concepción. ¡Qué pillo! Antes del año ¿recuerdas? me trasladaron a Segovia, a la nueva sucursal, y tu te quedaste en Madrid con tus sueños y tus cosas.
Jacinto, desde mi nube gris y sombría, viviendo en este asilo premium te digo que la vejez no es mala, sino que es peor.
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