La Casona (Una vivencia)
La Casona (Una vivencia)
Jacinto, en su niñez, vivía frente a la Casona de la Familia Cantillo. Era un gran edificio de principios del siglo XX con pretensiones de palacete que albergaba a una prepotente familia propietaria de grandes viñedos y bodegas. La familia Cantillo tenía siete hijos, tres chicos y cuatro chicas, una tata muy vieja, cuatro sorvientas y un chófer-jardinero que siempre estaba borracho.
Luisín, el miembro más joven del clan, seis o siete años de edad, era el amiguito de Jacinto. Lo más fascinante que Jacinto encontró en aquella casa fue ver un enorme automóvil Hispano T-30 que siempre estaba reluciente, ya que Paco, el mecánico/chófer no hacía otra cosa más que sacarle brillo. Apenas se sacababa del cocherón, que antes había sido el lugar donde se guardaba el coche de caballos de la familia.
Cuando Jacinto y su amiguito Luisín jugaban a los romanos, durante la siesta de los mayores, Luisín cogía del salón de fumador un sable del padre, que aparte de bodeguero era también el jefe del movimiento que vestía un llamativo uniforme en las procesiones y en los actos oficiales. Jacinto se contentaba con usar una katana japonesa, de funda de marfil amarillento, que solía reposar sobre una mesita baja del salón.
Una vez Luisín llevó a Jacinto al despacho del padre para enseñarle las paredes que eran de piel o vitela de cordero, bruñidas y blancas y de tacto animal. También le enseñó un enorme revólver que guardaba el padre en un cajón, se supone que descargado.
Como los veranos eran muy largos y tediosos en el sur del sur, Luisín permitía que otros niños de la vecindad entraran, a escondida, en su casa, para jugar al pilla-pilla en la casona. El mejor sitio para esconderse era la umbría del hall de entrada, tras la cancela, donde había una veintena de ánforas romanas además de enormes macetones de aspidistra.
Cuando Luisín cumplió los diez años de edad invitó a su amiguito Jacinto a espiar a las criadas en sus aposentos de la azotea, entonces el servicio solía vivir en la casa donde trabajaba. Los dos niños, escondidos, vieron a Curra, la más joven de las criada tomar el sol en bragas. Los ojos picarones de los niños se abrieron pasmado ante tal visión.
"Vanitas vanitatum omnia vanitas" Pasaron los años y la amistad entre Luisín y Jacinto se enfrió. Siendo Jacinto un mozuelo se enteró del declive de la familia de la Casona por culpa del jefe de familia que aparte de ser un borracho empedernido y un vicioso jugador de naipes arruinó a todo el clan. Don Luis murió de una cirrosis dejando a una esposa y a sus hijos sin una peseta (corría el año 1958). Dos hijos se suicidaron por no aceptar la miseria y las hijas se fundieron en un marasmo intinerante por la Baja Andalucía. Solo Luisín tuvo suerte a casar con una prima contrahecha y fea, pero muy rica, que era propietaria de varias boutiques en Sevilla, Jerez y Cádiz.
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