Todo bien (Un cuento imperfecto)

Todo bien. 

 Un cuento imperfecto


En primavera todo florece, hasta los tontos. Todo revive. Todo se renueva. Todo bien.

Don Jacinto Piesplanos se incorpora de la cama tras una noche apacible de confortable sueño. El agua de la ducha marca la temperatura con los grados deseados. Sale del baño. Seca su escultural cuerpo de cuarentón bien alimentado y ejercitado y baja a desayunar. Panchita, la criada latina, le tiene preparado el café y un vaso de zumo, como siempre. Jacinto bebe de pie mientra que Adela, la esposa de este demidiós, le dice que se siente y que tome un bocado de bizcocho hondureño que tanto le gusta.

Jacinto besa la frente de su esposa y sale de prisa hacia la puerta de su enorme y elegante casa. Luis, el chófer, espera de pie junto a la puerta del Maybach con el motor en marcha y el climatizador  encendido.

 Luis tiene aspecto de simio gigantesco capaz de asustar a las personas que se acerquen a su jefe sin el permiso de éste.

-Buenos días Luís - saluda con desgana Jacinto a su empleado

-Buenos días, don Jacinto -contesta con complacencia el gorila humano.

El lujoso coche entra en el parking privado de la empresa propiedad de don Jacinto. Aparca junto a la puerta del ascensor donde subirá al gorila humano, que lleva el maletín de su jefe, y a éste que se repasa el nudo de la corbata frente al espejo. En la  planta noble del edificio se despide el chófer entregando el maletin a su jefe y esperando órdenes.


La operación financiera con los asiáticos va bien. Hay que despedir a diez mil obreros de las fábricas de confección de Bangladesh y de Pakistán. No problem, dice su representante en Daka. Ellos, las autoridades, ya recibieron el regalo y las mujeres y hombres de las factorías, como están acostumbradas a todo ya se buscarán la vida. Con un puñado de arroz y un rincón donde dormir es suficiente para ellos.

Jacinto deja el dorsier sobre la mesa y se recuesta sobre su sillón hasta que la llamada impertinente de su secretaria le hace raccionar. 

Al teléfono, su hijo Andrés, 17 años de edad y recién ingresado en la Business School. Todo un portento este hijo mio y no como el mayor, se dice Jacinto. Juan es un inútil que marchó a  Africa para hacer el imbécil en una ONG. 

La jornada laboral de don Jacinto se da por cuncluída. El chófer-gorila-guardaespalda espera a su amo frente a la puerta del ascensor. Ambos bajan en silencio. 

Jacinto llega a casa y dice a su esposa que está cansadísimo. Que todo va bien pero con muchos esfuerzos. Adela, profesora universitaria, corrige ejercicios de sus alumnos, de segundo curso de empresariales, mientras que saborea un Glenfiddish 26.

-Mira que ha escrito un alumno a final de la hoja del exámen: "Todos los grandes capitalistas son unos hijos de..."

-Todo bien. Siempre pierden los mismos mientras que nosotros dirigimos el mundo- contesta sonriendo don Jacinto  permitiendo que Panchita le ayudara a quitarse la chaqueta.

  


 

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