Don José Rafael Gregorio Valenzuela Alcalá

 Don José Rafael Gregorio Valenzuela Alcalá (1857-1927).


Este relato de ficción toma como base el rimbombante nombre de mi abuelo paterno que nada tiene que ver con el nombre del personaje, Rafael Alcalá que vivió, literariamente, en el siglo XVI.


Rafael Alcalá y sus amigos salieron de una taberna  de la ciudad de Córdoba. Iban alegres y bebidos porque Antonio de Sotomayor, uno de los amigos, se había hecho cargo del mayorazgo familar con grandes fincas y otras propiedades que satisfacería las excentricidades de un hidalgo juerguista de 28 años de edad.

 Los tres amigos salieron cantando y riendo a carcajadas del antro. Mientras que Luis se acercaba a un muro para aliviarse, Rafael y Antonio observaron el pasar de una mujeruca vestida de andrajos, jorobada y cojitranca. Fíjate en eso -comentó Antonio con asco.

A veces Dios también se equivoca -dijo Rafael riendo.


-Hijo, tienes que huir de Córdoba -ordenó el padre de Rafael todo consternado- te han denunciado al Santo Oficio por blasfemo.

Rafael recordó aquel imprudente comentario que hizo de la fea vieja estando borracho y compredió enseguida que su "amigo" Antonio de Sotomayor ya tenía el camino libre para poder seducir a su bella y joven prometida.


Rafael Alcalá pudo escapar a Sevilla disfrazado de recovero y lo consiguió. Se cambió de nombre y aspecto llevando una cédula de buen cristiano expedida por el párroco de Santa María. De Sevilla, cuando pudo, se embarcó hacia Nueva España.


Cuando Rafael llegó al Virreinato de Nueva España, desembarcó en Veracruz y se dirigió con la carta de recomendación al convento de los franciscanos. Allí conseguiría encontrar un empleo sin mucha dificultad.

Con el tiempo Rafael consiguió entrar al Poder de Nueva España a través, qué ironía, del Santo Oficio, la Inquisición; estuvo al servicio de fray Juan de Zumárraga que en que 1534 instauró esta policía religiosa en los nuevos territorios españoles.  


Rafael de estar perseguido por la Inquisición de España pasó a ser un atroz perseguidor de herejes y de criptojudíos, de todos aquellos que lograron cruzar los mares.

 "El Poder es como el fuego, te alumbra y te da calor y si lo controlamos podemos destruir y quemar a los enemigos de la Fe" -musitaba Rafael Alcalá antes de sus oraciones matinales.  

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