Hedor humano
Hedor humano.
Revisando una película del genial director de cine español Luis Buñuel me vino a las mientes que en el fondo el ser humano es un ser hediondo si no se asea, claro está.
El argumento de esta película surrealista "El Ángel Exterminador" gira alrededor de unas personas de la alta sociedad que tras salir del teatro se reunen en una mansión para cenar. Pasan después de la cena al salón de estar para charlar, tomar unas copas y fumar. Todo normal, pero a la hora de comenzar a despedirse los invitados y los propios anfitriones notan que una voluntad extraña los retienen en el salón. Nadie se atreve a salir. Pasan las horas, casi amanece y todos están cansados. Los caballeros se aflojan las corbatas, se quitan las chaquetas y las damas, con disimulo y quienes las llevara, se aflojan el corsé. Están cansados; hay invitados en mangas de camisa que intenta dormir tirados sobre sillones.
Pasan las horas, los días y se quedan sin comida y sin agua. No pueden salir al baño y defecan y orinan, ellos y ellas, en unos grandes jarrones de Sevre que adornaban la estancia. Para colmo, a un invitado le da un ataque al corazón, se muere y es encerrado en un armario.
Alguien con el pie de un candelabro ataca la pared suponiendo que por allí pasa una tubería de agua. La encuentra y se produce el desmadre. Todos quieren beber, se empujan, se agreden.
No te acerques a mí, tus efluvios pestilentes me mata -le dice el novio, antes cariñoso, a la novia antes melosa.
La degradación avanza, aquellas damas inaccesibles y elegantes están hechas piltrafillas y el hedor que despiden tras casi una semana en el salón es asqueroso; en el mabiente hay muy mal olor al que se le añade al olor al muerto que empezó ya a descomponerse más el que emana de esos malditos jarrones de Sevre repleto de asquerosidades.
Buñuel nos muestra en esta película el sutilísimo barniz que poseen las personas civilizadas y educadas, un barniz que se cae cuando dichas personas se ven forzadas a convivir miserablemente.
Se ha comprobado que el efluvio de una persona recién bañada es diferente a la de otra persona en las mismas condiciones. El olor corporal, sin estar mascarados por perfumes, depende de la raza, del sexo de la persona, de la alimentación y otros factores que no vienen al caso.
Cualquier persona soporta mejor el olor de un cerdo extremeño que el olor asqueroso de un hombre o mujer sin lavar y sin cambiarse de ropa interior y exterior durante varias semanas.
Leí un artículo de un ucraniano que, al principio de los bombardeos en Kiev, se refugió en una estación del metro junto a varios centeares de ciudadanos. Esta gente, con el paso de muchas horas tuvo que bajar a las vías para orinar y defecar. El ucranieno cuenta que lo peor que recuerda de aquel primer bombardeo fue el acre y lacerado olor que el aire llevaba hacia el andén desde las vías.
En la novela de José Saramago "Ensayo sobre la ceguera" se narra que una epidemia contagiosa dejaba a la gente ciega. Las autoridades obligaban a estos ciegos apestados a vivir en una nave industrial abandonada, sin cuidado alguno; le bajaban con una cuerda el alimento y el agua en cajas. Todos buscaban sus alimentos a tientas, a empellones y algunos con navajas abiertas. En dicha nave hubo violaciones y asesinatos; la gente excretaba en el suelo y como no había agua para lavarse la suciedad y la hediondez imperaba por todo el antro.
El hedor humano era tan penetrante para los pobladores del puerto que, en el año 1850, un barco esclavista lleno de negros africanos, anclado a una milla de la costa de Alabama tuvo que ser alejado a requerimiento de la población para evitar el penetrante hedor de aquellos desgraciados.
Imaginemos un experimento social voluntario. Invitemos a varias mujeres y caballeros entre esa gente guapa que sale en el cine, las revistas o en televisión y los aislamos en una habitación sin agua corriente, sin letrinas y sin baño durante dos semanas. Al salir del encierro, que repetimos fue voluntario, el aspecto de estos hombres y mujeres, antes sofisticadas, ancantadoras y bellas, ahora sería francamente repulsivo.
El hedor humano representa, en términos pseudofilosófico, a la decadencia de nuestra civilización actual europea que es, se quiera o no, fétida y amoral.
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