La mantenida

La mantenida  (Andalucía en 1957)


Era una noche de verano del año 1957. Tres jóvenes se encontraban sentados alrededor de una mesa velador de un bar de la Plaza de Cabildo. Entre copa y copa de helado vino manzanilla esperaban que fuera la hora de ir al Gran Cinema para ver la película  de moda: "Gigante" (Rock Hudson, Elizabeth Taylor y James Dean). En eso una chica joven de una belleza  espectacular y de aire distinguido y muy de capital asombró a los tres muchachos de provincia. Esta joya humana iba  acompañada de una mujer de mediana edad que tampoco estaba mal.

Antonio hizo un gesto y todos callaron para fijar sus miradas en las recién llegadas.

-¡Qué muchacha tan guapa! - exclamó Antonio

-¿Quién? ¿Esa hija de pu**? - preguntó Paco con desdén.

-No digas barbaridades, Paco

-Vaya pareja, la hija y la madre. ¿Sabéis quién es la madre? Os explico, es la mantenida del bodeguero don Luis de la C. y esa chica tan distinguida es la hija espuria de ese viejo casado, que tiene cinco hijos y es tan rico y poderoso. No puede ser distinguida porque ella fue generada de un iustum matrimonium. Por consiguiente es hija de madre soltera, es una hija de...

-¡Moño! Como se nota que hiciste el bachillerato con los curas.

- Hablando de "moño". Esa mujer, la madre del bellezón, si supo usar su moño. Consiguió de don Luis de la C. que le comprara un piso en el barrio de Los Remedios de Sevilla, le pasara una renta, le contratara una sirvienta y mandara a estudiar a su hija a los mejores colegios de la capital.

- Joder Paco, parece que aún no sabes que  esta vida es como un saco de caracoles que cada cual saca sus cuernos por donde puede. Esa mujer con su moño, y nosotros con los que estudiemos y podamos después trabajar.


En aquellos aciegos tiempos de la tardía posguerra civil española el 70% de la población vivía muy mal, una parte dentro de una pobreza visible y horripilante y otra parte en una vergonzante o disimulada miseria; si una mujer pobre, de baja cuna y casi nula educación podía "enganchar" a un millonario maduro que se encaprichara con ella tenía su futuro resuelto. La mantenida, la querida, la otra o como se quiera llamar, vivía a mesa y mantel del enamoradizo amante a cambio de serle fiel y complaciente en la cama y vivir en una inquebrantarle sumisión.

Tener una mantenida era una práctica secreta a medias y quizá un prestigio entre los poderosos terratenientes y bodegueros de la Baja Andalucía. También era una demostración de poderío y de riqueza, poder mantener una o dos amantes en la capital alejadas del hogar del distinguido semental tan aficionado, en sus ratos libres, a misas, triduos, cofradías de semana santa y novenas. 

 Ser una mantenida era una lotería que solo tocaba pocas veces entre aquellas bellas mujeres pobres como ratas que abundaban en la década de los cincuenta.


La procesión del jueves santo marchaba a pasos lentos por la calle Ancha. Dos Luis de la C. caminaba vestido de frac junto a su esposa, una cincuentona de las de antes: regordeta, bobalicona y con cara de tristeza. Ambos hacían tintinear sus varas de cofrades, de plata, contra el pavimento de adoquines. La esposa, de mente simple,  conformista y de mirar huera pensaba en lo importante que se sentía caminando con fervor junto a su insigne marido. Él, don Luis, miraba el reloj con disimulo calculando cuando se terminaría aquel paseo para poder avisar a su mecánico (como llamaban los señores a sus chóferes) y que preparara el coche para viajar a Sevilla. Tenía que celebrar el primer año junto a su nueva mantenida, Rita, una mujer que le hacía perder el sentido en la cama y en la mesa porque también cocinaba bien, y tenía que celebrarlo por todo lo alto.


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