El Arte de Mentir
El Arte de Mentir (Sin mentiras el mundo colapsaría)
En el mundo de la ficción, en literatura, surgieron mitómanos célebres, como Cyrano de Bergerac, Anna Karenina, Lazarillo de Tormes, etc.
El arte de saber engañar utilizando la mentira como sistema no es ni fue un privilegio solo de predicadores, políticos, medios des-informativos, reyes, reyezuelos y de gazules y mondongos. En realidad todos hemos mentido, no una vez sino cientos de veces.
La mentira, si es creída, te puede salvar de una situación difícil o conseguir algún objetivo deseado. También adorna la vida del mediocre, del pringadillo, con adornos y parafernalias inventados: Mi padre es tal o cual de importante, y resulta que en realidad es un paria. Mis hijos, dice la madre a las vecinas, están muy bien situados en Barcelona. Cuando realmente el chico de 29 años de edad reparte fast-food en una bicicleta y la hija, abandonada por el marido y con dos hijos a su cargo, trabaja en un hotel haciendo camas y limpiando retretes. Son mentiras de adornos. ¿Necesarias? No hacen daño a nadie, al contrario magnifican perdedores, rebañas sartenes y mirlos.
¿Cómo te fueron las vacaciones en Benidorm? Estupendas, dice ella mirando de reojo al marido. Mentira, les hizo un tiempo pésimo y al marido lo detuvo la policía por alborotador y por borracho tras salir de un discoteca.
Ejemplos de una mentira para "andar por casa":
Adela, no muy agraciada y oliendo casi siempre a sebo rancio, deseaba casarse para tener un hijo, no engendrado por cualquier macho, sino por un marido que casaría por la iglesia. Como manda la tradición cristiana ¿Por qué iba a ser ella menos que la chica del tercero puerta C ?
A pesar de su fealdad era un buena trabajadora, jefa de equipo de la empresa de seguros El Astro. Ganaba un buen salario y era propietaria de la vivienda que ocupaba.
No se sabe si por mor de las hormonas o por ese deseo atávico de la mujer de mente primitiva por parir, el caso fue que seleccionó a un hombre para su coyunda. Era un don nadie, un ser anodino pero joven y sano que ayudaba a su madre en el estanco.
Adela sedujo al chico y lo invitó a merendar a su casa. A la segunda vez que el bobito acudió a casa de Adela copularon como posesos.
Ella, al cabo de un mes de relación le preguntó qué hacía allí en el estanco. El chico usó una mentira mayúscula y le dijo que le faltaba aprobar dos asignaturas para obtener la titulación de médico. Ella le creyó. Un chico joven y apuesto que sería médíco en unos meses. Le gustó el panorama.
La boda fue bonita con todas esas horteradas que se suelen hacer: la lluvia de arroz a la salida de la iglesia, el lanzamiento a la piscina de un invitado borracho y vestido de etiqueta; que-se-besen-que se-besen; el vals de marras y otras gilipolleces por el estilo.
Me voy a trabajar, decía ella mientras que el recién esposo se quedaba en casa, en pijamas, desayunando y le contestaba con un yo estudiaré toda la mañana.
Dos años después Adela conoció a un hombre que era también profesor en la facultad de medicina donde supuestamente Jacinto estaba matriculado y le rogó se interesara por los estudios de su esposo.
-Adela, aquí no hay constancia que tu marido esté matriculado -dijo el viejo profesor por teléfono- Lo he mirado bien. Hay un tal Jacinto Cantalapiedra, nacido en Barbate, que suspendió todas las asignaturas del primer curso, pero de esto hace años.
Adela supo que la mentira de su esposo fue bien urdida y también comprendió lo imbécil que ella fue creyéndole. Así que no tuvo más remedio que divorciarse de este mitómano.
Adela vive muy bien en casa con un magnífico amante, que realmente trabaja y es alguien en la vida mientras que el falso estudiante de medicina, volvió al estanco con la madre.
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El pecado de la carne -predicaba el cura desde el púlpito de la iglesia de un pueblo- es el peor de todos. Nos ciega y nos convierte en animales.
Don Jacinto, era uno de aquellos curas sin grandes principios que estudió gracias a una beca que lo envió al seminario menor y después al superior donde comprendió que de cura viviría mucho mejor que segando trigo, como su padre y hermanos, en la campiña cordobesa. El año 1954 fue seco y triste. Su padres se quedaban casi sin comer para poder mal alimentar a su prole de seis hijos. Jacinto aceptó que si estudiaba fuerte sería algo más que un jornalero.
La maestra del pueblo, Adela, natural de algún lugar de La Mancha, 32 años de edad, normalita de aspecto, beata y reprimida, solía ir, en las largas siestas de verano, a la iglesia para adecentar el lugar. La maestra se quedó preñada del párroco que a sus 30 años de edad se desbordaba de testosterona.
Dos Jacinto colgó los hábitos y se casó con la docente. Vive en la capital y es profesor de ética y religión en el instituto Alvar Gonzáles.
Las mentiras que el párroco decía en el púlpito, sobre la concupiscencia era porque estaban en el guión enviado por el obispado y que él repetía, cual papagayo, para sobrevivir en aquellos aciagos años.
La mentira, actualmente, es tan necesaria como el aire que respiramos. Sin mentir el desgraciado sería más desgraciado y el poderoso menos poderoso.
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