El auleta incomprendido

El auleta incomprendido   (Ficción) 


Jacinto esperó turno frente a la ventanilla de empadronamiento del pequeño pueblo donde pretendía fijar su residencia.

- Buenos días. Vengo a empadronarme

-¿Trajo usted todos los papeles? - preguntó el funcionario muncipal.

-Sí, aquí está la baja de empadronamiento de la ciudad donde antes vivía y mi carnet de identidad.

- No, no, aquí no funcionamos así. El señor alcalde es muy exigente con los forasteros que se quieren empadronar.

-¿Qué necesito además de esto?

- Yo no lo digo, lo dice el señor alcalde. Para empadronarse en este pueblo hace falta, a saber: Certificado de buena conducta expedido por el cura párroco de la ciudad donde usted antes vivía. Certificado de penales. Cartilla militar con todas la revisiones (ya no exigimos la partida de bautismo) y otros papeles más que le iremos notificando.

-Esto es anticonstitucional. Es un sinsentido.

-Entonces métase de abogados y de pleitos contra el ayuntamiento cuyos abogados, le prevengo, son los mejores de la diputación. Le costará una fortuna protestar. Hay otra solución, fije su residencia como transeúnte, evitará papeleo  auque perderá muchos derechos municipales.

- Sr. Jacinto ¿cual es su profesión? Debo hacerlo constar en su solicitud.

- Estoy jubilado pero antes era auleta.

- ¿Eso qué es?

- Que era músico. Tañedor del aulós

- Ah ! - exclamó el funcionario sin comprender.


Jacinto, ayudado por el tonto del pueblo, limpió y blanqueó la casa que heredó de su abuela Matilde. No quedó mal; él había sido un auleta de fama internacional que acostumbraba a alojarse  en grandes hoteles y como invitado a los palacios de verano de la alta sociedad europea.

 Ahora quedó en paz a sus 72 años, viejo, viudo y con un riñón menos. Sintió felicidad  cuando se sentó bajo el parral y sopló con suavidad su doble flauta. El sonido era excelso, los pájaros dejaron de trinar y dos moscas que copulaban viciosamente dejaron de hacerlo para escuchar con curiosidad.


Llamaron a la puerta. Sería el repartidor de Amazón- pensó Jacinto. No, no era el repartidor.

-Jacinto ya estoy aquí, dijo un hombre de aspecto normal pero con cara de mala leche.

- ¿Usted es...?

-Sí, yo soy Caronte y vengo a recogerle para el viaje.

-¿Dónde está la barca para cruzar el río Aqueronte?

-No sea usted anticuado, Jacinto. En este secaral viajará conmigo a través del éter y no coja usted monedas algunas, puedes pagar la travesía a la otra orilla con la tarjeta de crédito.


-¿Te has enterado que el viejo ese que decía ser músico ha muerto de repente, tocando la flauta?

-Era muy raro. Siempre tocando dos flautas al mismo tiempo y con esa cara de felicidad que tenía. ¿Quién sería?


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