El Pesquisidor enamorado
El Pesquisidor enamorado
-Entonces, usted me dice que su esposo la respeta y la ama pero que no le hace caso -sentenció Jacinto, el Psicólogo municipal.
-Así es. Desde que se jubiló se dedica por completo a su colección de sellos. Yo como si no existiera. Cuando está en casa se sube a su habitación a "sus cosas" y yo, a mi edad, vivo como como una solterona.
-Para poder ayudarle, Adela, necesito poder hablar con su esposo.
-Eso es imposible. Es muy raro, no confia en los médicos ni menos aún en los psicólogos. Yo vine a su consulta sin él saberlo.
-Pero yo tengo que saber como piensa su marido, conocer su mente. ¿No suele escribir en un diario o en cualquier libro de anotaciones
-No se; sí, de vez en cuando le veo escribir en una agenda.
-Me la trae usted a escondida y yo la leeré para poder dilucidar el carácter de su esposo.
Adela cogió de la mesa, llena de papeles y catálagos de filatelia, la pequeña agenda de su esposo y se lo entregó a Jacinto, el Psicólogo municipal.
Antonio echó de menos su agenda donde guardaba direcciones. teléfonos y "pensamientos" ocurrentes o copiados. Sabía que la había cogido su esposa, una de sus manías seniles, pero no le dio importancia. Ya aparecerá antes o después.
Don Jacinto, era una persona de aspecto fofo y cara de boniato, era un sobrino inútil del alcalde del pueblo que había creado este empleo, según él, para atender a los ancianos que habitaban el lugar, la mayoria de ellos con taras mentales. Pero no, en realidad estableció el cargo para emplear al hijo de su hermana, que a sus cuareta y pico años de edad, titulado en Psicología, estaba en el paro desde que acabó la carrera.
Adela tenía 68 años de edad y arrastraba los traumas lógicos de un ama de casa de la pequeña burguesía local, se aburría y se atoraba viendo concursos horribles de televisiòn, tertulias de impresentables y telenovelas. Por otra parte, Antonio, el esposo de Adela, tenía unos 70 años de edad y dedicaba su tiempo de jubilado en retomar y casi profesionalizar su pasión por la filatelia. Tenía una distracción, un hobby, como dicen los cursis.
Jacinto, el especialista mental, se colocó las gafas, encendió la lampara de su mesa de trabajo en el ayuntamiento y abrió la misteriosa agenda. La Piedra Rosseta para descifrar el carácter de un posible paciente: Antonio.
En las primeras páginas halló un listado de teléfonos, el pin del móvil y una docena de refranes españoles. Hojas después apareció una lista con las diez mejores películas española de todos los tiempos y otra lista con los libros best sellers del año en curso. Leyó frases escogidas de supuestos filosofos presocráticos y socráticos más una variedad heterogénea de anotaciones pero no encontró nada de un supuesto diario o autoconfesiones personales. De todas formas el simpleton del funcionario municipal se introdujo, poco a poco, en la pintoresca personalidad de Antonio, el marido que ignoraba a su esposa.
Como el pueblo apenas llegaba a los cinco mil habitantes no fue difícil espiar a Antonio cuando iba a tomar café al bar o cuando paseaba cada mañana por la alameda. No era atractivo. Un viejo nunca lo será, pero si emanaba un halo de clase y de saber estar que atrajo al psicólogo, al parásito municipal que por menos de dos mil euros al mes se encerraba en su despecho, de lunes a viernes, para recibir visitas de mujeres mayores hastiadas de sus miserables e inanes existencias.
¿Estaría el psicólogo saliendo del armario como ahora llaman a los neomaricas?
-Háblame de su esposo, de todo lo que usted recuerde lo que hizo esta semana pasada - ordenó el facultativo a Adela en su visita de los jueves.
A medida que Adela desgranaba la vida insulsa de dos jubilados, la de ella y la de él, Jacinto preguntaba o intentaba preguntar actos íntimos que ella, no tan tonta como aparentaba, desvirtuaba o transfiguraba.
El psicólogo, don Jacinto, salía casi todas las mañanas a dar un paseo para contemplar al objeto de sus deseos ocultos. Sí, él se justificaba diciendo que su interés por el marido de su paciente era solamente una especie de amor platónico. La realidad es que se estaba enamorando hasta la médula de ese hombre mayor tan peculiar, tan seguro de sí mismo, eso sí, siempre dentro de un amor puro y admirativo.
El pesquisidor indagaba o intentaba saber más sobre la conducta personal de Antonio, pero la esposa como no sabía qué decir inventaba situaciones novelescas o imaginadas que hacia desbordar las fantasías del facultativo. Una información que le hacía comprender que en el fondo él era gay, como lllaman hoy en día a los hombres de la acera de enfrente.
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