Pepa la Guapa (Un microrrelato)

Pepa la Guapa


Los empleados del Casino Círculo sacaron los cómodos sillones de mimbre a la terraza del local que daba a la calle Real. Sillón junto a sillón se alineaba de espaldas a la fachada para que los socios, una vez sentados, pudieran escudriñar la calle y a sus paseantes, a las mozas y también a esas señoras casadas jaquetonas, que las había, que pasaban frente a ellos  cuando se ponía el sol veraniego y la brisa serrana hacía habitable la ciudad.

A principios de la década de los sesenta España seguía siendo pobre. La gente de los pueblos solían distraerse paseando calle arriba y calle abajo comiendo pipas de girasol tostadas o lamiendo conos de helados. Los mal llamados señoritos se distraían viendo pasar e imaginando tener aventuras amorosas, sobre todo con esa moza salerosa que destacaba entre otras que le acompañaba, que eran todas de talla mínima, piel oscura y cara de hambre. Pero allí destacaba Pepa, la Pepa, como decían los sirvientes del Casino. Era extrañamente alta y gallarda para ser una chica pobre. Tenía los ojos verdiazules y los cabellos castaños claros y la piel sedosa y blanca, como una auténtica señorita, como le decía la abuela cuando la veía arreglada.

 Con ese cuerpo que tienes más te valiera para salir de esta miseria, le refunfuñaba la abuela cada vez que veía a Pepa con su floreado vestido de percal y  con esa sonrisa zalamera que valía un imperio.


Jacinto, el joven médico recién licenciado y recién llegado al pueblo tras ganar, por concurso, la plaza  se sentaba en el casino junto a los caciques y próceres del lugar.

 Mira qué ejemplar de moza, decía a Jacinto don Antonio, el viejo boticario, señalando con los ojos a Pepa la Guapa.

Jacinto además de médico y joven tenía las hormonas alteradas por mor del calor de verano y por no poder quitarse de su imaginación como seria retozar con una joven como Pepa la Guapa.


Pepa comentó a su madre, que era la churrera del pueblo en fiestas y domingos, que el nuevo médico la miraba insistentemente cada vez que pasaba junto con sus amigas en el paseo de la tarde.

- Nena, eso sí que sería un bodorrio. Que se encaprichara el médico contigo y te pidiera en matrimonio. (Entonces la moral en España impedía el amancebamiento entre la gente de bien).

Pepa la Guapa, acompañada por su madre, fueron a la consulta de don Jacinto. Mire usted doctor, que la niña no come bien y como solo tiene dieciocho años me da miedo que enferme -dijo la madre con cierta picardía.

El joven doctor se acercó a Pepa y la olió,  olía a tomillo y a romero. Como los animales salvajes del monte. La dentadura estaba sana y perfecta, con dientes blancos y bien puestos. La piernas torneadas y preciosas.El busto el de una diosa griega. El talle apretado y las caderas sensuales y sexuales.


Tras el reconocimiento médico,  el joven doctor quedó tan impresionado al ver de cerca a Pepa la Guapa que dejó de asistir a las tertulias del casino y evitó sentarse en la fila de sillones cara a la calle. Solo pensaba en ella. Era como una obsesión, no, era la obsesion perfecta.


Con la llegada del otoño Jacinto pidiò la mano de Pepa la Guapa a la churrera. Ésta quedó perpleja cuando vio que el medicucho iba en serio. Quería casarse con su hija. En el pueblo se armó un revuelo. ¿Sabes, que el medico nuevo se va a casar con Pepa, la hija de la churrera? - Preguntaban las vecinas.  Pero si la pobre aunque es mona, es más burra que un arado. La sacaron del colegio a los once años de edad para ayudar con eso de los churros- decían las vecinas más envidiosas. 


La boda fue tan escueta y tan poco celebrada que a las ocho de la mañana apenas había una veintena de invitados  en la ceremonia. Tras el viaje de boda Jacinto invitó a su joven y semianalfabeta esposa a vivir unos meses con su tìa Obdulia, profesora de literatura, jubilada, que vivia sola en un elegante piso de la capital para que "moldearse" a Pepa. Ésta fue aplicada y en pocos meses se refinó notablemente. Pepa acompañaba a Obdulia a todos los lugares, conciertos, exposiciones, presentaciones de libros tras las clases matinales de "cultura general" como decían antes a esa ambigüedad de saberes espurios que la gente bien, que no habìa ido a la universidad, atesoraban en sus mentes.

El doctor don Jacinto Berrochea consiguió ser trasladado a la capital y allí, con el tiempo y su bien hacer, prosperó en su profesión llegando a ocupar el cargo de profesor de la facultad de medicina y uno de los mejores especialista de la provincia. Para entonces Pepa cambió su nombre por el de Isabel María, el nombre de la madre del marido, y el vulgar apellido López lo sustituyó por el de Berrochea, que era el apellido de su esposo.  Isabel María se matriculó, teniendo ya tres hijos, en la facultad  de Bellas Artes obteniendo un grado de plástica.


Su huída de la pobreza fue determinante. Pepa nunca volvió a su pueblo. Ya no podía soportar que la llamaran Pepa López o Pepa la Guapa, la hija de la churrera; ahora ella era todo una dama de la alta sociedad capitalina, y sí que lo era, tenía porte y modales refinados. Dicen que tenía un parecido con  Ava Gadner en su madurez.

Este relato se basó en un caso real que conoció el Blogger en su época activa.




Comentarios

Entradas populares de este blog

Reina por un día

Aquel Madrid que enamoró a Jacinto

Del aburrimiento a la depresión