Dos arqueólogos de pueblo.

 Dos arqueólogos de pueblo


Luis era el amigo intelectual de Jacinto a pesar de que el primero no pudo ni hacer el bachillerato por tener que trabajar y ayudar a su padre en el taller de electricidad que tenía bajo el pomposo nombre de Industrias Edison; Luis, el joven electricisista y rebobinador de motores eléctricos,  demostró una inteligencia y sensibilidad notable a sus 21 años de edad, cuatro más que Jacinto.

Un día propuso el electricista a su amigo Jacinto ir de visita arqueológica, en la vieja moto Guzzi de 65cc a La Algaida,  para husmear. Sí, él dijo husmear en las ruinas de una pequeña industria de salazones romana para intentar hallar "algo".

Desde Bonanza hasta el lugar de las ruinas todo el camino era de tierra y arena suelta. Infernal. Llegaron a dichas ruinas romanas. Unas piedras  marcaban los cimientos de lo que parecía una humilde construcción, entre pinos y lentiscos y nada más. Luis estaba entusiasmado. Fíjate Jacinto que en época romana el mar,  es decir la orilla del abra, llegaba hasta aquí -dijo señalando una duna pinada. Jacinto en su ignorancia no veía nada, excepto unas piedras que aparentaba ser la ruina de un cortijillo o chozo. Joder -se dijo Jacinto- tanto penar con la arena del camino para ver ésto.


Meses después, tras leer Jacinto un libro prestado por Luis: La tumba de Tutankhamón, de Howard Carter Jacinto comenzó a interesarse por la arqueología y la historia de España. De la biblioteca del Instituto leyó varios libros referentes a estos dos temas. Le fascinaba el pasado más que el presente del año 1959.


Aquella tarde Luis esperó a Jacinto a la puerta del Instituto para counicarle, lleno de entusiasmo, que su padre le había comprado una moto Lube NSU de 125 cc, una moto de verdad, no aquella enclenque Guzzi y si él quería, el próximo domingo, podían ir a explorar dos lugares de interés arqueológico.


Salieron por la carretera de Sanlúcar de Barrameda a Trebujena para echar un vistazo por los alrededores del Cortjo de Ébora, donde un año antes se halló un tesoro datado de época tartesia.

Aún no habia cercado los alrededores del cortijo, así que ambos exploradores patearon la zona intentando encontrar algo. Cansados de husmear arrancó Luis la moto y se dirigieron a Trebujena, el verdaderor objetivo del viaje.

A la salida del pueblo, hacia el este, la Lube circuló sobre una pista de tierra junto el lecho seco de lo que se notaba a todas luces ser un brazo de mar que desde el Lacus Ligustinus llegaría, en su teimpo, al puerto fluvial de  Mesas de Asta para desaguar en el  río Guadalete y de aquí llegarían las barcas romanas hasta el Puerto de Santa María.

Parecía fácil buscar la ruta hacia Mesas pero el camino terminó frente a un viñedo y para colmo, un cerro enorme de arcilla, ahora plantado de viñedos, se interponía en el centro del antiguo cauce. Luis oteó el horizonte y propuso dar un rodeo para retomar la pista, si la hubiera.

Unas casas aparecieron de pronto. Luis se acercó para preguntar. Un hombrecete tomaba la sombra bajo una higuera. ¿Está muy lejos Mesas de Asta? -preguntó el motorista. ¿Qué?  -dijo el durmiente echándose la boina hacia atrás. Joder -continuó el informante casi ragañando- si estáis a la entrada de Jerez,  muy lejos de Mesas.

Para colmo la moto necesitaba combustible. Tras dar gasolina a la Lube ambos arqueólogos se quedaron con unas pesetas. Eran casi las 4 de la tarde, estaban hambrientos y lo peor es que no pudieron contactar con sus familiaspara explicar su ausencia a la hora de comer, una hora sagrada en los hogares de la España de la posguerra. 

Tras aquel fracaso Jacinto sintió que la arqueología entraba de su corazón. Leía y visitaba museos y yacimientos. El pasado de España era más interesante para Jacinto que el presente tristón y huero de finales de la década de los años 50.












Un día  Luis esperó a Jacinto a salir de clase para decirle que su padre le había comprado una moto de verdad, una Lube NSU de 125 cc. Con esta moto nunca nos quedaremos tirados como con la enclenque Guzzi.


Luis explicó a Jacinto que tenía dos visitas arqueológicas en proyecto: La inspección por los alrededores del Cortijo de Evora, un antigu asentamiento tartesio y la búsqueda del estero de Mesa de Asta, desde Lebrija, Trebijena a Asta. Sonaba bien. Todo era cuestión de planificarlo.


Desaynaron aquella mañana de domingo en un café junto al mercado de absto donde havían unos calentitos muy buenos, esos churros finos y estriados que tanto gustan en la Baja Andalucía. La Lube NSU era preciosa, y sin equipo alguno ni casacos emprendiero la rura arqueolñogiba a Evora que estaba no muy lejos de Sanlúcar de Barrameda, en la carretera a Trebujena.

El recinto alrededor del edificio ñun nos estaba alambrada, asi que mirando hacia abajo pretendieron hallar otro tesoro como el que exponen en el MUseo Arqueolñogico de Sevilla. 

Vámonos antes que se haga tarde. Tenemos que llegar a Trebujena que es por donde pasaba el brazo del Lacus Ligustinus en época ibera -dijo Luis, el entendido a su amigo Jacinto, aprendiz de H. Carter.


Salieron por una pista de tierra junto a os que se veía claramente que era el resto de un brazo de agua, parcialmente inundado por las lluvias de primavera. Luis habkaba y hlabla de aquella gloriosa época cuado los iberos o los descendinetes de los túrdulos llegaabn en barca desde el lago hasta el puerto fluvial de Mesa de Asta y salñin por el Portus Gaditanus, el actual Puerto de Santa María por el río Guadalte.


El camino que tomaron ambos exploradores se terminó y aparecío un viñedo que le cortaba el pso. Luis, el entendido, oteó el horizonte y propuso dar un rodeo hasta una loma que sorprendentemente obstaculizaba lo que fue el antiguo estero o brazo del Lacus Ligustino.


Allí se ven algunas casas. Pregutaremos para ver como podemos llegar a Mesa de Asta. La moto iba como una seda por el camino de tierra pisada. ¿Qué lugar es este? Preguntó Luis a un paisano que dormitaba bajo una higuera. ¿Qué?. Luis apagó el ruido del motor de la Lbe y volvió a preguntar. No te jodes, contestó zafiamente el hobrecete palpándose la braguera, coño, en Jerez. 

Serían las tres de la tarde cuando Luis tuvo que repostar gaslita, con tanta velocidad corta y tanto acelerones el depóito de la moto estaba seco como quedaron los bolsillos de los dos arqueólogos. 

En el año 1959 pocas casas poseíam teléfono. No pudieron llamar a su gamilia para decirles que se habían perdido en su exploracion y estaban en la Venta del Chumbo, a la entrada de Jerez de la Frontera.


Tras este fiasco Jacinto amó aún más ala rqueología, a la historia y al pasado de su bella y muy antigua región andaluza.

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