La excursión (Ciencia Ficción)
La excursión (Ciencia Ficción)
Jacinto terminó extenuado en su trabajo. Tenía, necesitaba estar sólo por unos días, aislado de su trabajo, de su esposa y de sus tres hijos adolescentes. Se encontraba en un estado de ánimo calamitoso.
Jacinto tomó, a cuenta de sus vacaciones, una semana para practicar trekking. La mejor terapia para sus nervios. Sin coche, sin internet y sin teléfono móvil. Por equipaje una mochila cargada de alimentos, una pequeña tienda de campaña y un libro de Hermann Hesse: El Caminante.
Subió hasta Cumbres Verdes en el autobús de Granada y La Zubia. El único viajero era él; los lunes pocos excursionistas subían. Cargó con la mochila y caminó el largo repecho que había hata la Fuente del Hervidero. Allí hizo una parada para tomar una taza de té azucarado y encendiendo un pitillo pensó. ¿Para que pollas estamos los humanos en la Tierra?
Pasó el Puente de los Siete Ojos y llegó a la hora de comer a los pies del Cerro del Trevenque, a unos cientos de metros de la fuente y la casa forestal.
Anochecía ya cuando oyó el choque de las cuernas de las cabras monteses, era la época de celo de estos animales. Con medio cuerpo en el interior de la tienda y el otro medio por fuera miraba los troncos de los pinos, entre estos se fijó que unas patas de animales se movían pero debido a su forzada perspectiva no pudo vislumbrar qué bichos eran. ¡Eran perros cimarrones! Ya se lo advirtió el conductor del autobús, que había una manada de estos perros, muy peligrosos que ya habían despeñado un rebaño de ovejas por el Cerro de Huenes.
A la mañana siguiente amaneció un día espléndido. Jacinto decidió explorar los alrededores y se internó por una cañada no transitada. La senda se habia borrado y tuvo que caminar durante unas horas entre arbustos y monte bajo. Llegó a un vallecillo y se sentó recostado contra un pino para leer y meditar sobre el libro de HH. Posiblemente se quedaría dormido cuando alguien le empujó con un palo sobre el hombro. Abrió los ojos y vio a dos individuos morenos, casi negros, de talla baja, labios gordozuelos y vestidos de pieles. No era un palo con lo que empujaban, era una lanza. Por señas le indicaron, tras atarles ls manos, que se metiera por entre los arbustos y tras andar varias horas, el sol ya bajaba entre las peñas, entraron en un cueva por una estrecha abertura que a los pocos metros se agrandaba aquella cueva natural. Una fuentecilla manaba junto a la entrada. Cuando su visión se adaptó a la semioscuridad pudo contemplar una docena de individuos alrededor de una lumbre donde se asaba un cabrito.
Jacinto fue llevado a una cabaña, pues había cabañas de pieles dentro de la cueva, ante un anciano de cara reseca y de ojos acuosos.
El anciano dijo llamarse Amuley y él y todos ellos, descendían de una gran familia moriscas que se escondieron en la sierra huyendo de la expulsion. Pudieron sobrevivir allí, generación tras generación, por más de 400 años, cazando y comiendo de lo que rapiñaban por los cortijos de la sierra. Salían, para sus correrias, siempre de noche y mejor si estaba lloviendo para borrar sus huellas.
El morisco viejo hablaba una jerga de castellano antiguo no muy difícil de entender pero que ayudado por sus gestos y aspavientos explicó que antes había varias cuevas de moriscos, ya deshabitada.
Jacinto no daba crédito a lo que veía y explicaba el tal Amuley.
En el diario Ideal de Granada aparecío la noticia: "Extraña desaparición de un excursionistas en Sierra Nevada. Dos meses después nadie ha podido dar una pista, a pesar de que se encontró la tienda de campaña con todos los enseres intactos en la falda del Trevenque."
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