El coito cataléptico de Adela (Un minicuanto)
El coito cataléptico de Adela
(Un minicuento)
Jacinto salía por el portal de su casa cuando se encontró con Adela. Una vecina de casi sesenta años de edad, aún de buen ver, viuda, que vivía sola en la puerta 4C en el mismo rellano que el del piso de Jacinto y familia.
-Buen día ¿al trabajo?- preguntaba siempre la vecina cada vez que le veía salir de casa, yo vuelvo de trabajar en el turno de noche del hospital y usted sale a su trabajo.
-No, hoy tengo el día libre. Voy a tomar un café a la cafetería.
-Vecino, ¿usted sería capaz de sacar una cinta de video que se quedó atascada en el reproductor?
-No será difícil. Cuestión de unos minutos.
Cuando Jacinto entró en la casa de Adela para arreglar el aparato ésta le dijo que en un instante volvería, que necesitaba tomar una ducha caliente para poder descansar.
Jacinto sacó la cinta sin dificultad y esperó a que su vecina Adela volviera al salon para despedirse. La vecina salió envuelta en un esponjoso albornoz y sonriendo para agradecerle la ayuda. Cuando Jacinto le iba decir hasta luego ella dejó resbalar su albornoz y apareció completamente desnuda. Era impensable que una mujer de esa edad podría tener un cuerpo tan hermoso y deseable.
Hicieron el amor con pasión, ella porque hacía años que no cataba varón alguno y él por ese morbo que los hombres tienen cuando se acuestan con una mujer que no es su esposa.
Jacinto iba a decir una memez referente al coito satisfactorio cuando notó que Adela permanecía como en trance. No se movía. Adela, vecina, señora gimió aterrorizado Jacinto tomando un brazo de ella que caía flojamente, sin vida, cuando lo soltaba. Un sudor de espanto abrazó la espalda de Jacinto. Tomó un espejo de mano que estaba sobre el peinador y lo acercó a la boca de Adela. No se empañaba, luego si no respiraba es que estaba muerta.
El pánico se apoderó del vecino copulador. Tras cubrir con la sabana el desnudo cuerpo de Adela, y vestirse, salió a la calle. Tenía que aparentar normalidad. Desconocía su potencial de macho por haber matado, sin él desearlo, a una mujer con un polvo tan salvaje.
Jacinto entró a la cafetería e intentó seguir su rutina. Hojeó el diario que había sobre el mostrador y volvió a casa aparentando que todo estaba bien.
Regresó a casa. Entró en el portal a punto de estallarle los nervios. En la prensa saldría, pensó, pues antes o después se sabrá, que un anodino hombre con cara de buena persona, mató de placer a una vecina. Cerró la puerta de entrada y al subir los tres peldaños, hasta los ascensores, vió una aparición. El fantasma de Adela que le sonreía.
´-Vecino ¿te asustaste al verme tan quieta?- le dijo con una voz suave y aterciopelada, agregando: a veces me pasaba esto con mi difunto esposo. Que me quedaba ida durante varios minutos. Esta mañana, se ve que como hacía tantísimo tiempo que no practicaba el sexo con un varón me dio el faratute orgásmico. Debí prevenirte. Lo siento por el susto que te he dado.
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