La judía enamorada

La judía enamorada   


El intenso olor a azahar de los naranjos en flor no anulaba el olor a miedo que ella percibía en el ambiente. Ella, la mujer más bella de Sevilla, la fermosa fembra, enamorada perdidamente del hombre más guapo, varonil y apuesto de la ciudad.

La puertecilla trasera del jardín del joven amante estaba entornada, a la espera. Ella la empujó levemente y entró casi sin ver hasta que una mano se aferró con delicadeza a su brazo y la arrastró hacia el cobertizo donde se guardaban las herramientas de los jardineros. A pesar que era de noche la luna se colaba sin permiso por un pequeño ventanuco.

No importaba si en el año 1480 todos los falsos cristianos, esos judíos supuestamente convertidos al cristianismo para poder quedarse en sus hogares de siempre estaban estrechamente vigilados por la Inquisición. Lo que a ella le importaba era ser abrazada y poseída por el joven cristiano, heredero de una distinguida familia sevillana de abolengo. No era una relación anormal entre una judía y un cristiano, sino que era como una especie de relación mística entre dos amantes.

 Para reforzar  y demostrar su amor por él, le hizo una confesión muy importamte. Había oído en la casa de su padre como se preparaba una conspiración judía para eliminar a los cristianos de la ciudad con una insurrección armada. Ella dio todo tipo de detalles además de entregarle una lista con los nombres de los cabecillas judeoconversos. 

Estos falsos cristianos estaban bautizados, iban a misa, confesaban y comulgaban aunque después en casa, en secreto, practicaban sus ritos del Shabat, el Pésa, el Yon Kipur, etc.

 El caso es que tras confesar ella el complot a su amante éste lo denunció a la Inquisición que ordenó detener a los cabecillas de la conspiración,  ejecutando a una veintena de ellos, entre estos al padre de la judía delatora.

Ella se llamaba Susona Ben Suson, la traidora a su familia, a su pueblo y a su religión. Tras los ajusticiamentos Susona cayó en una gran tristeza y se encerró en un convento de monjas  ordenando en su testamente que cuando falleciera le cortaran la cabeza y la colgaran sobre la puerta de su casa  como escarnio por lo que había hecho, y allí permanecio momificada, después en calavera, por casi dos siglos hasta que la desprendieron a principios del siglo XVII y pusieron en su lugar un azulejo con el dibujo de una calavera.

Todavía se puede ver en Sevilla el azulejo con la fea canina en la calle Susona,  que está en el típico barrio de Santa Cruz. 



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