Acoso sensual
Acoso sensual (Una reflexión)
El bip-bip del despertador sacó a Adela de su zona de confort que era la tibieza del edredón que cubría su cuerpo de 36 años de edad, enfundado en un grueso pijama de algodón. Adela sintió un suave codazo de su esposo y oyó como en ultratumba: cari, levántate, es la hora.
Ya en la cocina del pequeño piso del extrarradio de Madrid, prepararon sendos cafés de cápsula mirando al reloj de pared: seis de la mañana.
En la calle, Jacinto, el esposo de Adela, arrancó el coche que estaba estacionado cerca de casa. Tenía que calentar el coche y el habitáculo para llevar a su esposa a la estación de tren de cercanía.
Decenas de obreros y empleados, asalariados de oligarcas explotadores, viajaban en silencio con rumbo a la capital para poder ganar unos miserables euros que permitiera cerrar el bucle mensual: trabajo, casa y trabajo.
Adela pudo sentarse junto a una ventanilla toda empañada por el vaho de la gente y el frío del exterior. No le importaba, conocía de memoria el paisaje, es más, lo aborrecía ¿hasta cuando?
Después de apearse del tren y tomar el bus urbano Adela por fin llegó a Seguros Picacho, su lugar de trabajo. Tuvo tiempo para subir donde se encontraba la máquina automática expendedora de café y saludó a tres compañeros que hablaban entre ellos, Carmen, Luisa y Antonio. Cada cual rodeado por un halo de olor a colonia barata y la gorda, que era como una ballena bípeda, hedía a desodorante que apenas disimulaba su olor corporal de grasienta humanidad. Pero lo peor de ella era su impudicia ya que se sentaba en una mesa frente a la de Adela, con las piernas despatarradas enseñando las mollejas fofas de sus muslos.
De regreso de su trabajo en el intercity su esposo estaba esperándola en la estación para llevarla a casa, a la urbanización el Erial.
Jacinto hablaba y hablaba simplezas y comentarios de los programas con tertulianos que había visto en la televisión.
Jacinto estuvo en el paro dos años después de cerrar la empresa donde trabajaba. Se acostumbró a no hacer nada y se enganchó a la inanidad laboral dependiendo, ya llevaba casi tres años, del sueldo de Adela y de los servicios que hacía esporádicamenete como taxista pirata para llevar al médico a personas mayores que vivían en su bloque de pisos.
Durante el trayecto de la estación a casa Adela pensó. Este memo de Jacinto cree que va a vivir siempre a mi costa. El muy lerdo está convencido que llevándome y recogiéndome en la estación será toda su obligación. Tengo un esposo imbécil, no del todo, lo que es un vago diplomado, menos mal que no tenemos hijos. Estoy enferma de tanto aguantar, me pone mala su palabrería vacía, el olor a cocina de sus ropas, estoy hastiada de esa música ramplona que pone siempre en el reproductor del coche. También me martiriza tener que contemplar a Carmen y a sus cachas elefantinas. No soporto el olor reconcentrado de la maquina de café ni a mis compañeros de trabajo, ni a mi jefe ni a mí misma. Me siento acosada.
Tengo los sentidos atorados, acosados. Soy incapaz de ver la belleza ni de oler el perfume de la libertad, nunca saboreé un champán francés, ni me llevaron a un concierto al teatro real y menos aún nunca pude palpar la piel de otro hombre que no fuera Jacinto. La vida es injusta conmigo. La vida que llevo me acosa por todas partes. Estoy harta.
Addenda. Dicen las vecinas que Adela era algo rarita. Que se fugó de casa dejando a su marido, a su trabajo fijo (el sueño de todo paria) y al gato Lulú y que nadie sabe dónde está ahora.
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