La inaccesible Lola (Un cuento para enero)

La inaccesible Lola


Allí estaba Ella. Piernas largas, busto mediano y con ese rostro bellísimo de diosa griega; tan lejano a la mano, tan cerca al corazón de Jacinto. 

Jacinto iba de pie en el repleto autobús urbano. Cada mañana la misma rutina. Salía corriendo de la estación del metro para poder tomar el bus que le acercaría a la oficina donde trabajaba. Ocupando parte de un solar se exponía un gran cartel publicitario con un gran rótulo que decia "Lola ¿inaccesible?"  para continuar con otra valla publicitaria,  esta vez gigantesca, con la imagen de Lola con esa cara de ángel provocador  cuyo rótulo decia "Lola es tu perfume"

Jacinto la veía todas las mañanas incluso le hizo, un domingo que iba a la Cuesta de Moyano para comprar unos libros, una foto con su celular. Allí la tenía, la veía y suspiraba... si pudiera verla de cerca.

Jacinto era un hombre de bien. Estaba casado y no amancebado, tenía tres hijos y ganaba un salario de los llamados decentes.

 Un día que libraba cogió su motocicleta enduro para estimular su buena y mala adrenalina circulando por carriles y caminos a pie de la sierra. Aquella mañana de una incipente primavera pilotó por su ruta preferida off-road. Jacinto a sus cincuenta años de edad disfrutaba de la libertad sintiendo el rugido del motor de dos tiempos entre sus piernas. El aire frío intentaba colarse por el menor resquicio de la visera del casco. Se sentía triunfal acelerando en la recta del Punto, entre altos pinos y matorrales. Por un momento vio de reojo como algo de colorines descendía del cielo y se perdía entre un pinar. 

Redujo la velocidad y dio la vuelta para intentar localizar aquella aparición o espejismo. La moto Karmathan iba en segunda casi al ralentí cuando devisó como una gran tela de colores chillones sobre el suelo. Paró la moto. La apoyó sobre un árbol, se quitó el casco y los guantes y en el  silencio oyó una voz quejosa.

Una voz femenina pedía ayuda. Jacinto vió un parapente lleno de cordajes que cubría totalmente a alguien que suplicaba que le ayudara. Jacinto retiró el parapente y allí estaba Ella. La inaccesible Lola. Por lo visto se había lastimado un tobillo al realizar un aterrizaje forzoso en el claro del bosque cuando se le enredaron las cuerdas del artefacto debido a una súbita racha de aire.

Lola vestía un mono integral color verde esmeralda, llevaba en la mano un pequeño casco de parapentista y unas gafas de piloto. El pelo castaño lo tenía recogido en una cola de caballo. Y aún sin pintar estaba más bella, más mágica e inaccesible que su foto publicitaria de la que se había enamorado. 

Lola agradeció el rescate y dijo que se encontraba fatigada por el dolor en el tobillo. Jacinto le ofreció la mitad de su  bocadillo de queso y jamón y unos tragos de vino tinto. Ella aceptó la invitación, le confesó que estaba hambrienta. Comio y bebió con deleite el áspero vino  Jacinto le contó que la veía todos los días en los carteles de la avenida cuando iba a trabajar al centro de la ciudad. Y que también la veía con frecuencia en Internet y en la  televisión pero que al natural era aún un más bella.

Lola agradeció el cumplido y le pidió un cigarrillo. Ambos fumaron y conversaron sobre sus respectivos trabajos. Él estaba como embrujado por estar a un paso de la mujer más bella que jamás vio en su vida. Jacinto se levantó y dijo a Lola que esperara para que él pudiera bajar en la moto al pueblo y subir con un Land Rover para rescatar a ella y al parapente.

Todo salió bien. Lola desde el pueblo llamó a alguien que la recogió. 

 Jacinto, al dia siguiente contestó con naturalidad a sus compañeros de trabajo que le preguntaron qué había hecho en su día libre. Compartí un bocadillo y un vino con  Lola, la de los anuncios. Con Lola la inaccesible.

-Este hombre cada vez tiene más alucinaciones- dijeron todos cuando Jacinto entró en la oficina.


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