En estado de shock
En estado de shock (Una experiencia vital del joven Jacinto).
En un descanso en el trabajo, Juan se acercó a Jacinto para pedirle un favor. Era acompañar a su hermana Julia, que trabajaba en la embajada de Suecia a un cóctel en honor a la fiesta nacional de aquel país.
Julia, la hermana de Juan tenía unos 35 años de edad y no tenía novio ni su hermano estaba dispuesto a acompañarla. Así que Jacinto rebosó de alegría cuando supo que asistiría a una fiesta en una embajada.
Jacinto pidió a su compañero de trabajo y amigo que le dejara ver la invitación. Estaba escrita en sueco y en inglés y como Jacinto presumía saber algo del segundo idioma leyó sin dificultad el tarjetón. Tras el saluda del embajador se leía: Programa de actos. Breve discurso a cargo de Mr. Nilsson. A continuación actuación del trío de jazz "Koshg" procedente de Uppsala. Al final de esta actuación se ofrecerá un cóctel en la sala de los relojes.
-Me encanta el plan. Contestó Jacinto a Juan. Nunca estuve en un lugar así y menos aún poder escuchar en directo a ese trío tan de moda en Suecia. Diré a la patrona de mi pensión que me planche mi traje de Tergal azul oscuro. Además estrenaré mis nuevos zapatos italianos de punta fina, que aunque me duelen son elegantes.
El día del cóctel y de la recepción llegó. Jacinto quedó con Julia que la esperaría en el café Miranda, en la glorieta de Embajadores, para desde allí tomar un taxi e ir a la embajada.
Julia no era guapa ni fea, era del montón, aunque iba muy bien vestida y mejor maquillada. No hacían mala pareja, ella apenas aparentaba su edad y Jacinto a sus 23 años de edad, trajeado y con una pajarita por corbata parecía formar la pareja ideal.
El taxi paró frente a la puerta de la embajada; una pareja de policía custodiaba la entrada y un portero con cara de poco amigo pidio a los españolitos el DNI y la invitación. Corría el año 1968 y había ciertos revuelos sociales, de obreros y estudiantes, por las calles de Madrid. El portero consultó un listado e indicó, con un gesto de la mano, adelante.
Julia hablaba poco y sonreia con timidez a sus compañeros de trabajo que también habían sido invitados.
Durante el concierto de jazz (piano, baterista y contrabajo) Julia se notaba que se aburría, veía con disimulo su reloj como diciendo cuando se acabaría el concierto. Tras el show todos los invitados pasaron al salón donde había una larga mesa con viandas y bebidas. Allí fue donde Jacinto probó por primera vez el sabor del salmón ahumado. Los ojos de Jacinto se perdía en aquellas exquisiteces que probaba con timidez hasta que oyó una voz de mujer, en español con acento extranjero, recomendándole que probara el Akvavit que estaba fenomenal aunque algo fuerte.
La voz salió de los labios de una bella joven, quizá de la misma edad que Jacinto y dijo que se llamaba Ingrid. Una sueca tan morena como una sevillana, pero preciosa y muy sexy.
Julia se apartó con disimulo para unirse a unos empleados compañeros de trabajo. Ingrid sonreía con picardía. Ingrid dijo que necesitaba hablar español, una lengua difícil que ella adoraba y como Jacinto estaba allí y se le notaba ser made in Spain se acercó a él practicar.
Jacinto no cabía de gozo. Allí estaba en un cóctel de una embajada hablando con una chica que estaba de miedo y encima hablando en español porque el inglés que él presumía saber no pasaba de "The book is on the table" y otras frases parecidas que aprendió en la academia Lingua.
Al rato de estar Jacinto con Ingrid enrollado hablando animadamente de esto y de aquello se acercó Julia que con educación dijo que se marchaba a casa, que era muy tarde.
Bebieron y comieron canapés formidables y rieron con las ocurrencias de Ingrid y su simpático acento español. La mente fantasiosa de Jacinto imaginaba donde iría con su ligue tras salir de la embajada.
Las horas pasaban y de pronto Ingrid dijo a Jacinto si podría acompañarla a casa. Las palpitaciones del invitado se escuchaban a diez metros a la redonda. El conserje de la embjada, con cara de sueño y de mala uva, pidió un radio-taxi.
La embajada de Suecia se encontraba en la calle Zurbano y ella, Ingrid vivía por la plaza de Colón. No muy lejos. Alli se bajó la sueca diciendo gracias por la velada y de pronto se vió Jacinto sólo a las dos de la madrugada, en un taxi y lejos de su pension. A las 2 y media de las madrugada, un sábado y en Madrid. No tuvo más remedio que volver a su casa en el vehículo de alquiler. El taxímetro parecía volverse loco y además tuvo que pagar un extra por tarifa nocturna. Jacinto se quedó en estado de shock al tener que pagar tanto dnero.
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