Ese maldito espejo

Ese maldito espejo  (Un cuento 2)


Adela, 58 años de edad, viuda y con dos hijos independizados.

Adela es una reconocida presentadora de un programa televisivo, ella es lo que llaman una celebridad. Se levanta, se ducha y al salir del baño se mira en el gran espejo. No, ya no es la que era cuando empezó en la televisión, ahora es físicamente una anciana. Sí, una anciana por muchos retoques y cirugía plástica que se ha hecho en estos ultimos años. 

Mírame, se dice contemplando su cuerpo desnudo frente al espejo. Las tetas caídas, la barriga flácida y mi culo ¡ah, mi trasero, el más famoso, entonces respingón y duro y ahora como un saco de harina! Ya sé que cuando salgo al plató voy supermaquillada, llevo corsé, faja y sujetador ergonómico y los focos del estudio bien orientados eliminan las sombras de mis arrugas. Todavía aparento ser la deseable super presentadora de "Dígame".

La gente, el espectador cree que una no envejece. Exigen una cara fresca y sonriente, un modelito cada día, desean que cruce las piernas con picardía y enseñe una porción de muslos. Que me mueva como una treintañera. Mi boca de dientes perfectos y brillantes me cuesta una fortuna, implantes, mascarillas y limpieza dental cada tres semanas.

El show "Dígame" es el más visto de todas las cadenas de televisión. Recibo centenares de mensajes y whatsapp de hombres de todas las edades que desean casarse conmigo. Me consideran una diosa, un ángel del amor. Qué sabrán ellos de mi estreñimiento, de mi incipiente diabete 2, de la osteoperosis y de esos tremendos dolores de mis articulaciones, de la incontinencia urinaria, de la sequedad vaginal, del puñetero insomnio y del estado de ansiedad que sufro cada día que grabo un programa. No, mis admiradores, mis followers en las redes sociales, creen que soy una muñeca, con mis bonitas rodillas y mi eterna sonrisa. Ellos me aman, me desean a pesar que ya soy una abuela que se transforma cada día en objeto de deseo. 

Yo, Adela Solvita, nada más pisar el plató y presentar mi imagen a millones de espectadores, la mayoría de estos casados, solteros, machos y gays, tambiém siente esa especie de transgresión estética. Soy bella, muy bella, a través del espejo virtual de la televisión y de Internet pero cuando salgo de la ducha desnuda y me veo en el espejo real del baño me doy cuenta que soy la que soy, una mujer vetusta que antes tuvo mejores tiempos. 

Ese maldito espejo de la televisión que muestra a los espectadores lo que no soy es el culpable de mi ansiedad, de mi frustración y de mi tristeza vital cuando estoy a solas conmigo.   

Comentarios

Entradas populares de este blog

Reina por un día

Aquel Madrid que enamoró a Jacinto

Del aburrimiento a la depresión