Sexo sin amor
Sexo sin amor
Lugar: una ciudad mediana del sur de Andalucía. Año 1960.
Personajes: Adela una mujer solterona de unos 40 años de edad, ni fea ni guapa, muy beata y calladita.
Julia, la madre de Adela, setenta años de edad, viuda de un calavera que arruinó a la familia por el vicio del juego y por las juergas y borracheras interminables.
Paco, un camarero de 32 años, apuesto y de mirada canalla, expulsado de Francia por proxeneta y trabajando temporalmente en el Café Sabor, propiedad del tío del susodicho Paco.
-Buenos días doña Julia y la compaña- saludó Paco con una rebuscada y artificial sonrisa en su rostro viril.
Buenos días Paco. Lo de siempre, dos tazas de chocolate con churros. Hoy hace frío y se apetece.
-Marchando su pedido, doña Julia.
Mientras Julia y Paco hablaban Adela miraba con modestia y pudor el sucio tablero de la mesa de formica con la mirada baja y los párpados semicerrados, esos párpados pecaminosos que se levantaron levemente para fijarse en el tremendo bulto, entre las ingles que marcaban aquellos jeans ajustados del camarero. Adela cerró sus ojos y suspiró para sus adentros al mismo tiempo que decía un ave maría purísima. Deseaba terminar de desayunarse para volver a casa y seguir con la lectura sobre la vida de Santa María Goretti. Ella queria imitar a esta santa y pura sierva del Señor, Adela quería consagrar su vida a la vida contemplativa, a la vida espiritual de pureza y de santidad.
Lunes, miércoles y viernes eran los días que Julia decidía ir a desayunar con su hija al Cafe Sabor algo que Adela detestaba para no caer en la tentación de esa mirada concupiscente de ella que como un imán le obligaba a mirar, siempre de reojo, hacia la abultada bragueta del camarero.
Aquel día en la ciudad de provincia se desató el escándalo. La beata Adela se había fugado con el sinvergüenza de Paco, el camarero.
Las mujeres comentaron en el mercado que la tal Adela le había robado a su madre cien mil pesetas de los ahorros y que la vieron en Sevilla tomando un tren con destino hacia Madrid.
En el casino, los socios reían de esa mosquita muerta que, por supuesto, le picaría tanto "eso" que a sus edad se fugó para guarrear con el ser más vil y rastrero de la ciudad.
Dicen los que dicen que al cabo de menos de un años Adela volvió a su casa a punto de parir, suplicando a su madre que la acogiera. Doña Julia, buena cristiana y resignada madre de una hija pérfida, pecadora, la acogió en su hogar con la única condición de no salir jamás de casa.
Una noche Adela abrió el libro de la tal Goretti para hacer sus rezos de mea culpa cuando desde el balcón oyó gritar a unos golfillos callejeros que cantaban entre risotadas un procaz estribillo: "Adela la beata que se abrió de **tas"
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