El mendigo que tenía veinticuatro dedos
El mendigo que tenía veinticuatro dedos
Desde la Plaza de Cataluña a la parada de la Fira de Barcelona se llega rápido en el metro.
Aquel día que Jacinto esperaba el tren en la plataforma B se fijó en un mendigo sentado en el suelo que mostraba una cartel de cartón que decía: "Tengo seis dedos en cada mano y no puedo trabajar como guitarrista. Me sobran dedos. Tengo hambre"
A Jacinto le hizo gracia la forma de mendigar de aquel harapo relleno de hombre. Entonces le vino a la memoria, ya en el propio tren, que un compañero de bachiller, presumía de tener seis dedos en cada mano y otros tantos en cada pie. ¿Y si fuese ese mendigo Luis del Cantillo, su condiscípulo del instituto?
A la mañana siguiente, Jacinto vestido con elegancia para atender en el stand de la Fira de su galería de arte, desayunó pronto para poder tener tiempo y acercarse al mendigo para hacer unas comprobaciones. Su curiosidad no tenía limite.
Jacinto bajó la escalera hacia la plataforma del metro y allí estaba el mendigo, un imaginario minusválido por mor de sus dos docenas de dedos. Luis, sentado en el suelo tomaba un café en una taza de papel a la vez que fumaba un cigarrillo y su mirada se perdía en el cercano horizonte de la pared al otra lado del andén.
Jacinto lo que pretendía era localizar un antojo, una mancha de nacimiento, detrás de la oreja izquierda del pedigüeño. ¡Allí estaba! Una mancha en forma de borrón de tinta. Color intenso en el centro y desvaído por el borde.
-Perdona -preguntó Jacinto. ¿Tu eres Luis del Cantillo, de Jerez de la Frontera?
-¿Y tú, quién eres? - le tuteó también el mendigo
-Soy Jacinto Bienpresto.
- Joder, joder. Claro que me acuerdo de tí, tenías cara de meapilas y siempre sacaba sobresaliente en todas las asignaturas.
Quedaron en verse al día siguiente y desayunar, pero al estilo americano, exigió el mendigo.
Ese día llegó y Luis se zampó dos huevos fritos con bacón, patatas fritas y dos panecillos más un tremendo café largo. Tras desayunarse ambos amigos, el mendigo encendió un Celta largo y se recostó en la silla. No había prisa por parte de Jacinto ya que dejó a una empleada al cargo del stand.
-Supongo que sabrás que el cabrón de mi padre nos dejó en la ruina y por eso se suicidó tirándose de la torre de la Merced. Yo no pude terminar el bachillerato, me turbó tanto nuestra reciente miseria que me escapé de casa. Nos quitaron el caserón ¿te acuerdas como era? En la planta baja la bodega, la cochera y las habitaciones de verano. Cuatro pisos y doce dormitorios. El servicio nos abandonó al no recibir sus salarios excepto Paca la cocinera que había sido la tata de mi madre. A mi madre le dio por beber y murió de una cirrosis dos años después del suicidio del mamón de su marido, mi padre, que bebía más que un cosaco y que además mantenía a dos queridas en dos pisos cuya renta él pagaba y lo peor de todo, que se jugó la fortuna que heredó de sus padres y la de mi madre.
Mi hermana Chuch, que era guapa de verdad, se mal casó con un pisaverde y vive ahora peor que una barriobajera.. Mi otra hermana, que era muy seria, se metió a monja, allí comía y rezaba, pero no trabajaba ¡Una Cantillo trabajando como una pobre, por Dios!- me decía Loli o sor Asunción como se llama en el convento.
¿Y yo? - dijo sin pena Luis- Me metí poco a poco en el trapicheo de las drogas. Empecé como mula y prosperé como traficante de medio pelo. Estuve varias veces en el trullo y aquí me ves. Salí del penal hace ahora dos meses y me inventé este truco. Explotar mi exceso de dedos no me va muy mal del todo.
Jacinto tras la sobremesa dijo que estaba dispuesto a yudarle, a buscarle un trabajo en Jerez y... ¡No, no! exclamó aterrorizado Luis, añadiendo- Yo no puedo volver a mi ciudad derrotado sabiendo todo el mundo como era mi familia, con dinero y con clase. Prefiero esta vida con sus épocas de luz, en la calle y de sombras, cuando me atrapan y me meten en prisión.
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