El señor Marqués
El señor Marqués
Una vez me contó Jacinto que, de vista, conoció a un marqués con una vida novelesca y pecualiar.
Yo aprovechaba -me explicó Jacinto- los días de primavera, cuando libraba entre semana en el trabajo, para pilotar mi moto enduro por los carriles de los pueblos y serratos cercanos a la ciudad. Un día paré para descasar y fumar un pitillo bajo un olivo. Era primavera adelantada y ya hacía calor al mediodía; mi vista se posó en una magnífica construcción situada en lo alto de una loma rodeada de una inmenso olivar. Más abajo se contemplaba un campo de cereales que aún verdeaba y que adornaba el paisaje.
Tras beber el te azucarado que llevaba en el termo que guardé en mi mochila -siguió contándome Jacinto- me puse el casco, los guantes y arrancando la moto me dirigí al pueblo cercano para indagar sobre aquella mansión en mitad de la nada.
A la afuera del mezquino café-bar del pueblo, entre sol y sombra, en la plazoleta, se sentaban dos ancianos. Jacinto se sentó en el mismo banco y tras ofrecerle un cigarrillo y hablar sobre el tiempo que hacía preguntó si sabían de quien era aquella hermosa casa entre el inmenso olivar, señalando vagamente con la mano el campo.
-Es la casa del marqués y casi todo el término de este pueblo es de su propiedad. Un tío muy rico, que nació en este pueblo y...
Fue interrumpido por el anciano de la gorra de pana. Ni marqués ni pollas en vinagre. Ese que se hace llamar marqués fue un hijo de la emigración en los años sesenta cuando la mitad de este pueblo marchó a Francia.
Se llamaba Nacio o Ignacio y era de la acera de enfrente. De jovenzuelo no quería ir a trabajar al campo como sus hermanos y su padre; prefirió ir a la capital para trabajar de camarero. Después de dos años allí marchó a Marsella.
-Sí, es cierto que se le notaba la vena ya desde niño. Era muy fino: es como una niña, se quejaba su madre a las vecinas
-¿Y cómo se hizo millonario?- preguntó Jacinto a los ancianos.
- Nacio se colocó en Marsella de camarero y un cliente del café donde iba todos los días se enamoró del chico o lo que fuera.
-Cuentan en el pueblo que este chico se fue a servir a la casa del cliente, como mayordomo. Su jefe gay, como llaman ahora a los maricones, resultó que era un auténtico marqués, además de millonario y bujarrón que se enamoró perdidamente de Nacio.
- El caso es que tras mucho tiempo viviendo en Marsella el marqués, en herencia, le dejó toda su fortuna. Se ve que Ignacio se acostumbró a esa vida de rico y copiando los modales y forma de vida de los aristócratas franceses se asignó él mismo, aquí en el pueblo, el título de marqués.
Hace unos diez años apareció por aquí, ya era cincuentón, con su administrador comprando tierras y fincas a buen precio para los vendedores. Casi todos los peones del pueblo ahora trabajan en las fincas de don Ignacio el Marqués.
Jacinto preguntó si don Ignacio solía visitar con frecuencia sus propiedades y los ancianos dijeron que no, que el administrador de sus fincas sí y que raras veces se le veía en su casa de la colina que se llama Villa Esperanza.
Curiosamente y por casualidad, un tiempo después de hablar con los abueletes, cuando se celebró una prueba provincial de enduro por los carriles del campo del marqués Jacinto fue a ver la carrera y observó como un todoterreno bajaba por el carril de la finca la Esperanza, apeándose un señor mayor muy elegante y con aire aristocrárico de película junto a unos jóvenes con pinta de extranjeros, esperando, junto al camino, el paso de los motoristas. Así fue como "conoció" Jacinto al marqués, desde lejos.
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