Un momento evocador en nuestra vida
Un momento evocador en nuestra vida
Recordar situaciones especiales y gratas de la vida de cualquier persona puede actuar como un antídoto contra la vejez y contra la monotonía existencial.
Jacinto me contó una sensación, un momento que vivió durante su juventud.
Tras pasar la semana santa en su pueblo sureño, en una madrugada primaveral, salió de su casa hacia la aventura que él escogió antes de adocenarse y casarse y criar hijos y tener que trabajar para sobrevivir.
No, él era joven y buscaba una aventura que empezó aquella madrugada cuando caminaba hacia la estación del tren para coger el ferrobús a las 6:45 hacia el Puerto de Santa María.
Jacinto aún recuerda aquel olor a jazmines que perfumaba una calle peatonal antes de llegar al paseo de la Calzada y se sorprendió al contemplar en un cielo estrellado lo que a él le pareció ser un brillante cometa. Más tarde supo que era el planeta Venus, pero que entonces lo tomó como un augurio de buena suerte.
Cuando se subió al ferrobús, minutos antes de arrancar, Jacinto volvió la vista hacia la derecha y pudo contemplar aquella feria de luces de colores, algunas intermitentes, que flotaba sobre la bocana del río Guadalquivir. Eran las boyas de señalización para los buques y evitar embarrancar en la temida barra de roca y arena que hay en su desembocadura.
Para Jacinto era toda una sensación muy grata, una espléndida mañana de primavera y el deseo de partir hacia lo desconocido, que era lo que más le atraía: no saber su futuro mediato, dejando todo al azar. No sentía zozobra ni angustias; lo que sentía en todo su cuerpo era el fluir de la vida.
Si a los 23 años de edad una persona siente miedo a la vida o es un cobarde o es un retrasado mental. Hay que echarle agallas como hizo mi amigo Jacinto, dejando un trabajo fijo y muy bien pagado y de la certidumbre de vivir en tu propio país a cambio de embarcarse hacia el Canadá y probar suerte en un lejano continente.
El tren Rápido, Cadiz-Madrid partió de la estación de El Puerto a las 8 de la mañana. Iba semivacío lo que propició a Jacinto para poder escoger un asiento junto a la ventanilla. En Jerez de la Frontera se subieron una multitud que perturbó la paz del viajero. El tren llegó a Córdoba a la hora de comer. En dicha estación cambiaron la locomotora diesel por otra eléctrica más potente. El llamado tren Rápido tardó más de diez horas en llegar a Madrid. Jacinto, en su excitación, no se cansó de un viaje tan lento; estaba espectante hacia lo que haría al día siguiete. Se embarcaría en un enorme avión DC-8 de Canadian Pacific hacia Toronto, haciendo escalas en Lisboa, Santa María de las Azores, Volar sobre el Atlántico Norte y ver los icebers a la altura de Terranova, aterrizar en Montreal realizando un trasbordo a otro avión para llegar de noche a Toronto. Todo era emoción y emisiones de adrenalinas por doquier que produjo una satisfacción enorme a Jacinto, tan seguro de sí mismo y tan amigo de la improvisación.
Ahora, me cuenta Jacinto, considera aquella aventura como un momeento evocador, un estímulo en el recuerdo a su octogenaria y plana exitencia.
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